
Un
rascacielos de Tel Aviv luce la bandera de Israel, en una iniciativa de
la ONG de ayuda
a la infancia Elem para conmemorar el Día de la
Independencia.
Esta doble cita de mayo, tan diferente para cada pueblo, nace de la primera guerra árabe-israelí de 1948, resultado de una resolución de Naciones Unidas, aprobada un año antes, la número 181. La comunidad internacional recomendó la partición de Palestina, que en ese momento dominaban los británicos, que se hicieron con la zona tras el hundimiento del Imperio Otomano. La orden estaba clara: había que fijar fronteras entre dos nuevos estados, uno judío y otro árabe -entre los que debía establecerse una colaboración franca en materia económica y aduanera-, mientras que se debía crear una zona de control internacional para Jerusalén y parte de Belén. La nación judía, absolutamente nueva en la historia, sería la mayor, con 14.000 kilómetros cuadrados, 558.000 judíos y 405.000 árabes por vecino; la árabe tendría 11.000 kilómetros cuadrados y unos 10.000 judíos entre sus 820.000 habitantes. La zona de exclusión internacional estaría equilibrada, con 100.000 residentes de cada lado. 33 naciones dijeron sí a este reparto -entre ellas, EEUU y la URSS-, 13 votaron en contra y 10 se abstuvieron -entre ellos, la potencia colonial, Reino Unido-. Corría el 29 de noviembre del 47. En mayo del 48, Londres debería abandonar su mandato y la partición tendría efecto desde su retirada, pero la resolución no decía a las claras cómo debía aplicarse el plan, así que los británicos alegaron la “imposibilidad de aplicar el texto” para justificar por qué no facilitaron la creación del nuevo escenario. Historiadores como Ilan Pappe sostienen que los meses de transición “sólo sirvieron para que el personal de la metrópoli hiciera las maletas, pero sin arreglar la casa que dejaban”. Si el árbitro no ayudó, los contendientes tampoco. La resolución, que cristalizó de un debate intenso de casi un año, quedó en nada, nunca fue aplicada. Las naciones árabes la rechazaron porque suponía perder un territorio mayoritariamente musulmán en los últimos siglos, una tierra en la que el 67% de los habitantes era árabe, además de recibir menos tierras que los judíos; los representantes israelíes se quejaban de la “pequeñez” de sus posesiones, de su discontinuidad territorial y las complejidades de su defensa, pero aceptaron: evidentemente, la resolución permitía el nacimiento del perseguido hogar para los hebreos.
Las semanas previas al adiós inglés fueron de práctica pre-guerra. La ONU no respondía ante la sucesión de atentados, emboscadas y escaramuzas diarias, por ambas partes. Reino Unido insistía en lo “inaceptable” de la resolución para árabes y judíos, mientras se retiraba de cuarteles y fortalezas. El 15 de mayo de 1948, un día antes de que expirase el mandato británico, David Ben Gurión leía en Tel Aviv la declaración de independencia israelí. No esperó ni al plazo final, porque coincidía con el shabbat. En aquella sesión histórica se derogaron las leyes anti-inmigración: en los tres años siguientes llegaron 700.000 personas, una Jerusalén entera. Las naciones árabes respondieron declarando la guerra y en la noche del 15, tropas de Egipto, Transjordania, Siria, Irak y Líbano comenzaron a avanzar hacia Israel, el estado recién creado. La orden era “la eliminación absoluta del estado hebreo”, en palabras de Azzam Pachá, secretario general de la Liga Árabe.
El Gobierno de Tel Aviv tenía muchos puntos a su favor: había cinco millones de judíos en EEUU -en los que Harry S. Truman suponían cinco millones de votantes-, la URSS no tenía seguidores en el Medio Oriente y necesitaba un socio en la zona, los israelíes presentaron una oposición menor a la de los árabes a la resolución 181 y, sobre todo, la persecución nazi era, por su brutalidad, la “legitimación definitiva e irrebatible” para su nación, como explica el historiador Joan B. Culla en su obra La tierra más disputada, (Alianza Ensayo). Los árabes estaban dispersos, guerreando en tierra ajena, con escasos medios y sin simpatías en la comunidad internacional. Los 15 meses que siguieron fueron como todas las guerras: de sangre, de horror, de avances y retrocesos. En diciembre ya había una conclusión clara: el fenómeno de los refugiados palestinos era imparable y había que permitir su retorno cuando acabasen los combates. Se aprobó otra resolución en la ONU, la 194, reafirmada en 1974 con la 3236. Para nada. Nadie ha retornado a su casa. En Israel, tras el desgaste y la batalla, tras la recuperación y la reconstrucción, levantaron un estado, “la única democracia de Oriente Próximo”, como remarcan todos sus mandatarios, y como es reconocida por la comunidad internacional.
En Palestina es donde se concentraron el exilio y el sometimiento. La Naqba. La “pérdida de la patria ancestral palestina causó la dispersión de una tercera parte del pueblo”, explica un miembro histórico de los gabinetes palestinos, Nabil Shaath. Según datos de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) avalados por la ONU, 726.000 personas tuvieron que dejar sus hogares, horrorizados con la contienda y buscando un lugar más seguro, expulsados de ellos por tropas israelíes o directamente muertos. Casi 500 aldeas y ciudades quedaron arrasadas, con la consiguiente confiscación de tierras, que pasaron a manos de Israel (logró anexionarse un 26% más de la tierra que le habían otorgado en el Consejo de Seguridad, esto es, un 80% del total). 190.000 palestinos más se refugiaron en Gaza, bajo el manto egipcio, y 280.000 más se mantuvieron en Cisjordania, con el amparo jordano. Hay toda una corriente de historiadores israelíes que sostienen que el éxodo árabe fue “inexplicable”, porque “en ningún caso se les sometió”. “Salieron para dejar más espacio de maniobra a las tropas árabes”, “se fueron para evitar las consecuencias de los ataques”, “escaparon para huir del maltrato de sus propios soldados”, son frases escuchadas en los documentales que estos días emiten sin cesar las televisiones locales, incluso en los del omnipresente Martin Gilber, británico.
Shaath insiste en que la dispersión de los palestinos no tuvo sólo que ver con la guerra, no es una “consecuencia lógica del combate”, ya que el Día de la Independencia israelí “habían desaparecido ya 58 aldeas árabes” en el tramo costero entre Tel Aviv y Haifa. En ese tiempo se acometieron “matanzas como las de Tantura, donde se separó a hombres y mujeres y se fusiló a todos los varones de 13 a 30 años, con edad de hacerse soldados, unos 200. Desde el Ministerio de Exteriores de Israel se niega la mayor: un portavoz afirma que la comunidad judía “quiso integrar” a los árabes, hasta el punto de que “líderes de la comunidad se desplazaron a zonas de mayoría musulmana para atender a las personas”, que matanzas hubo “en ambos lados, como demuestran las víctimas judías, que se cuentan por cientos, en los kibbutzim del este de Jerusalén o en la alta Galilea”, y que “ningún comité oficial entró a valorar tierras de personas aún residentes, sólo se hizo en terrenos deshabitados y conquistados legalmente”. Las IDF aportan sus propios datos: 22.867 israelíes han muerto en combate desde 1860, cuando llegaron los primeros colonos a Jerusalén, y 16.724 militares y civiles cayeron en guerras o por atentados (2.443 fallecieron por ataques terroristas, exactamente) desde la independencia. “Israel pagó y sigue pagando con su dolor la conquista de lo que merecía tener”, se lee en el discurso ante las IDF del presidente Simon Peres.

Entrada
al campo de refugiados de Aida, en Belén, donde malviven 5.000
personas. Una llave, en recuerdo de los hogares perdidos, corona la
puerta.
Otros 100.000 palestinos, hoy el 17% de la población de Israel, se quedaron dentro de las fronteras del estado sionista y tardaron años en lograr la nacionalidad. Aún hoy 200.000 árabes residentes en Jerusalén Este carecen de pasaporte, sólo tienen permiso de residencia, una ciudadanía rebajada que les obliga a permanecer siempre en la ciudad, sin moverse. De lo contrario, pierden su estatus. Se ven obligados a pasar por hasta 13 controles que rodean sus barrios.
Por eso, cada 15 de mayo, siguen manifestándose para reclamar la solución de sus problemas, arrastrados durante 63 años. Sin embargo, este año es especial, ya que el pasado 22 de marzo la Knesset (Parlamento) aprobó la llamada Ley Nakba, que penaliza con multas a quien organice eventos en ese día. La norma nació por iniciativa del ultranacionalista Israel Beitenu, partido del ministro de Exteriores, el polémico Avigdor Lieberman, por 37 votos contra 25. Todas las instituciones o administraciones que financie o monte protestas serán sancionadas. Ni las reclamaciones de la ACRI ni el pataleo de la izquierda lograron frenar esta “afrenta antidemocrática, que restringue la libertad de pensamiento y de expresión de los árabes“, según la nota del Meretz.

Amina Bahbah, palestina de Jerusalén Este, recrea cada año con el teatro la "catástrofe" de su pueblo.
Fuente, vìa:
http://periodismohumano.com/en-conflicto/celebrando-la-independencia-recordando-el-desastre.html



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