martes, 22 de febrero de 2011

Mèxico : ¿Callejón sin salida? Gustavo Esteva

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Parece fuera de proporción comparar Egipto con Oaxaca. Lo es. Pero da pistas para analizar lo que ocurre.
Robert Fisk describió genialmente en La Jornada la típica intervención de fuerzas parapoliciales en El Cairo, cuando la policía da paso a grupos no identificados que llegan a reprimir e intimidar y se entregan a vandalismos insensatos. No siempre es posible distinguir tales fuerzas de provocadores y ultras que también aparecen regularmente en movilizaciones masivas o de las fuerzas paramilitares empleadas contra iniciativas que desafían el estado de cosas.
Desde los halcones, en 1968, ese estilo de represión es conocido en México y resulta familiar para los oaxaqueños. Era uno de los recursos favoritos de Ulises Ruiz. Su reaparición espectacular en el centro histórico de Oaxaca el 15 de febrero fue sorpresa para quienes creían que nunca más se les emplearía.
Tal intervención se combinó abiertamente con desmanes y excesos de la policía. El gobernador se disculpó por ellos, que no habría ordenado, y ofreció una investigación para castigar a los responsables del lado oficial y a quienes aparentemente estaban del lado de los manifestantes y también se propasaron.
Aquí es donde la puerca empieza a torcer el rabo. No será difícil investigar: hay nombres y apellidos identificados y abundan las fotografías. Pero ya nadie confía en tales investigaciones. La piel oaxaqueña es hoy particularmente sensible al respecto, porque parece mantenerse la cultura de la impunidad. Continúan denuncias de todos los crímenes recientes, grandes y pequeños, que se siguen cometiendo, pero nada ocurre. No hay respuesta para quienes ayunan pidiendo justicia. Se pasean en libertad los asesinos de Brad Will, de dirigentes sociales y políticos, de docenas y quizá centenas de personas muertas o desaparecidas. Disfrutan sus riquezas quienes vaciaron las arcas públicas y se llevaron de las oficinas hasta los clips. Nada pasa con quienes incurrieron en toda suerte de irregularidades, como los que respaldaron a Chedraui, que sigue construyendo su tienda sobre sus delitos ecológicos. ¿Otra investigación? ¿Como la de la Suprema Corte? ¡Ja! ¿Qué pasará con ella cuando resulte, por ejemplo, que las fuerzas federales que protegían a Calderón empezaron los excesos?
Como señaló el gobernador, puede tratarse de coletazos del dinosaurio. ¿Por qué, entonces, se pregunta la gente, hay respaldo e impunidad para sus cuadros? ¿Por qué se les permite continuar con sus desmanes?
Ocurrieron el día 15 cosas enteramente inaceptables. Las agresiones abiertas y desproporcionadas de los policías se combinaron con comportamientos insoportables del lado de los civiles, como patear a un funcionario que está en el suelo o causar daños irreparables a monumentos históricos. Todo ello requiere esclarecimiento, pero puede convertirse en cortina de humo para encubrir el fondo del asunto: ¿qué pueden hacer ciudadanos, movimientos sociales y clases políticas cuando quienes detentan formalmente el poder político lo han perdido y sólo pueden mantenerse en su lugar mediante el uso de la fuerza? ¿Cuando usan esta fuerza de modo cada vez más irracional, para protegerse y fincar en el miedo colectivo la base social de su autoritarismo?
Es desproporcionado comparar al anciano y odiado dictador de Egipto con Felipe Calderón. Pero no lo es considerar que ambos han mostrado semejante alejamiento de la realidad, similar incompetencia política y parecida insensatez en el uso de la fuerza, cuando se hace evidente que carecen ya de la sustancia principal del poder político –la confianza del pueblo en sus gobernantes– y la gente les ha perdido el miedo.
Todo ello los hace en extremo peligrosos. Hubo en Egipto casi 400 muertos y más de ocho mil heridos. La guerra de Calderón ha causado ya decenas de miles de bajas, y la cifra aumentará cuando entremos en la fase final de la implosión actual. ¿Cómo impedir ese desenlace? ¿Cómo evitar que continúe a nuestra costa el negocio de la guerra? ¿Cómo conseguir que siga siendo civil y pacífica nuestra inevitable insurgencia?
Hubo en Oaxaca grave incompetencia de todos los involucrados. No se previeron cosas enteramente previsibles, que hubieran podido evitarse, y tanto manifestantes como cuerpos de seguridad y funcionarios reaccionaron en forma asombrosamente inepta. Pero ahí, a corto plazo, en lo que tomó la forma de riña de callejón, es posible aún dar cauce claro, sensato y pacífico a los vigorosos impulsos de transformación que se acumulan como en olla de presión. No puede decirse lo mismo del país. No están los acotamientos del cauce que hace falta ni hay fuerza capaz de construirlos, de articularlos. Parecemos estar ante un callejón sin salida…

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