domingo, 17 de octubre de 2010

Israel : “Estas son nuestras únicas armas” . Entrevista con Reuven Moskovitz, superviviente de un gueto nazi en Rumanía, pionero judío en Palestina y ciudadano israelí. · periodismohumano · Anxela Iglesias - Foto: Virginia Paradinas


Foto: Virginia Paradinas
“Estas son nuestras únicas armas”, gritó Reuven Moskovitz a los soldados israelíes que abordaban el catamarán “Irene”el pasado 28 de septiembre, mientras alzaba su armónica. Antes había empleado el instrumento para entretener a sus compañeros de viaje, todos ellos judíos, durante la travesía que debía concluir en la Franja de Gaza, pero que fue interrumpida por el ejército hebreo.
Moskovitz, superviviente de un gueto nazi en Rumanía, pionero judío en Palestina y ciudadano israelí, se siente un exiliado en su propia tierra. Una tierra a la que ama y en la que cree que hay sitio para todos, también para la paz. Hablamos con él a su regreso a Jerusalén, con los recuerdos del viaje aún muy vivos.

Señor Moskovitz, usted tiene 82 años y problemas de corazón. ¿Dudó a la hora de decidir si participaba en este intento de romper el cerco de Gaza?
No tuve ninguna duda para decir que sí. En el judaísmo un héroe no es alguien que mata a su enemigo, sino aquel que convierte al enemigo en amigo. Los escépticos dicen que quien piensa así es un niño con arrugas. Puede ser que yo lo sea porque creo que nuestra responsabilidad es enfrentarnos al odio, al racismo a los abusos de derechos humanos. No duermo bien pensando que tengo una buena cama y que en Gaza hay 800.000 niños bajo el bloqueo. En Israel celebramos una festividad detrás de otra, yo mientras tanto pienso en esos niños, quizás porque yo sentí lo mismo en mi infancia. Fuimos expulsados de nuestro pueblo, nos privaron de nuestras casas y de todo lo que teníamos, viví cinco años en un gueto.
No pudo llegar a ver a esos niños, porque el “Irene” fue interceptado a pocas millas del puerto de Gaza y ustedes fueron trasladados por la marina a la ciudad israelí de Ashdod. Ustedes han denunciado la “brutalidad innecesaria” empleada por los soldados, que golpearon a los compañeros más jóvenes y emplearon electrochoques contra uno de ellos. ¿Esperaba otra reacción?
Nos trataron como si fuésemos enemigos, a pesar de que habíamos subrayado una y otra vez que no queríamos violencia, que si el ejército israelí insistía en desviar nuestro rumbo, lo haríamos bajo protesta, pero no nos rebelaríamos violentamente.
Pero no nos preguntaron apenas, nos obligaron a detenernos inmediatamente a pesar de que les recordamos que estábamos en aguas internacionales, bajo bandera británica en el barco.
Cuando la marina israelí inició su operación, decidimos sentarnos en la cubierta, abrazarnos y cantar una canción hebrea cuya letra dice ´os traemos la paz´. Pero nos trataron como a piratas.
Esperaba que nos nos dejaran continuar, pero no el nivel de brutalidad que mostraron. Empezaron a tirar los teléfonos, sacar los cables, aislarnos del mundo. Y eso a pesar de que ocurrió en un tiempo muy especial para nosotros, después del año nuevo judío y el Yom Kipur, la época de la reflexión y del arrepentimiento.
En Israel se emplea mucho el concepto de “disparar y luego llorar” y eso fue precisamente lo que hicieron. Nos abordaron violentamente, arrojaron cosas al agua, pero, de pronto, cuando ya nos conducían a Ashdod, empezaron a ofrecernos comida, bebida, me preguntaron si necesitaba un médico. Yo les pedí que me dejaran en paz, no quería nada de ellos.

Y ¿qué habría pasado si les hubiesen dejado continuar?
Habría sido algo muy sanador. Representantes de Hamas ya había dicho que estaban dispuestos a dejarnos entrar en Gaza. Y eso es lo que quería evitar nuestro gobierno, las imágenes de la llegada, mostrar que incluso los miembros de Hamas son personas, que no tiene sentido seguir siendo enemigos para siempre. Para evitar las imágenes, también se deshicieron de las fotos y testimonios grabados en el barco.

Cuando se anunció oficialmente la salida de un barco desde Chipre con diez judíos a bordo para tratar de burlar el cerco de Gaza, una de las cosas más destacadas por los medios fue la presencia de un superviviente del Holocausto. Algunos oficiales del ejército dijeron que usted no había aprendido de su propia historia. ¿Qué opina al respecto?
Es exactamente lo contrario, están tan borrachos de poder, tan seguros de tener el control, que les cuesta entender que un judío israelí, que es libre y tiene todo lo que necesita para vivir y comer, se ponga del lado de los palestinos. Pero eso es exactamente lo que pasa, si alguien no tiene ni idea de lo que es ser tratado como un esclavo no me puede entender.


Foto: Virginia Paradinas
Sí, yo comparo, aunque no sean situaciones exactas. Está claro que Israel no es un Estado Hitleriano, no es una dictadura. Pero, en todo caso, es un proceso continuado. Hace diez años era imposible creer que seríamos capaces de estar tan preparados para disparar y matar como lo hacemos ahora. El nacionalsocialismo no empezó con Auschwitz, si no diciendo que los judíos son el enemigo, los representantes del mal. Hoy ese enemigo es Hamas. No acepto la forma de resistencia de Hamas, pero hay que ser conscientes de que eso no viene de la nada. Perdieron su tierra, perdieron su dignidad, perdieron sus propiedades. No acepto todas las formas de resistencia, pero tengo que intentar comprenderlos y buscar siempre un camino para dejar de ser enemigos y compartir esta tierra.
Cuando nosotros los judíos aún estábamos en Alemania, en Rumanía y en otros países europeos, los líderes árabes aseguraban que aquí, en esta tierra, no había sitio “ni para un gato más, que todo estaba tan lleno que no cabía nadie más. Era en la década de los treinta, cuando no había aquí más de 400.000 judíos y 800.000 palestinos quizás un millón. Ahora hay siete millones de personas en Israel, tres millones de palestinos en los Territorios Ocupados. Y seguro que caben tres millones más.

Usted fue un pionero judío en Palestina, ¿cómo pensaba entonces que se desarrollaría la historia?
Llegué aquí por primera vez hace 62 años y desde el comienzo hubo una demonización de los otros. Es verdad que los palestinos no aceptaron la inmigración de judíos, pero cualquier persona con corazón podría entender que tenían miedo de perder su tierra. Y pasó eso exactamente.
Quizás no pudieron entender que eramos refugiados, oprimidos que salieron huyendo.
Pero en nuestro mundo no hay comprensión por el sufrimiento ajeno, sólo por el propio.

Y, ¿por qué se quedó?
¿A dónde ir? Sabe, no todo lo que nuestra Biblia nos cuenta es una verdad histórica. Pero hay un mito, una muy antigua tradición, una memoria de los antepasados que vivieron en esta tierra, una tierra que perdimos cuando Dios nos castigó por no obedecerle.
De niño, en Rumanía, rezaba tres veces al día para pedir el regreso a la tierra de nuestros antepasados. Aun así, amaba Rumanía, me sentía parte de ese país, incluso llegué a cantar el himno nacional para el rey. De no ser por la persecución nazi, los judíos habrían estado contentos de quedarse donde estaban.
Pero ocurrió y llegamos a una tierra hacia la que sentíamos un profundo sentimiento de pertenencia. No vimos el problema de que vendríamos en lugar de los palestinos, yo y otros vinimos para vivir junto a ellos.
La tragedia es que los humanos olvidan, cuando son débiles piensan que nunca repetirán lo que les están haciendo, pero cuando se hacen fuertes olvidan la generosidad.

He leído que, después de pasar una temporada en Europa, regresó en 1949 al kibutz (granja colectiva) que había ayudado a crear. Descubrió allí un sillón nuevo y cuando preguntó de quien era, le explicaron que había pertenecido a sus ´vecinos´, los palestinos de un pueblo cercano que quedó vacío tras la creación del Estado de Israel. Usted empezó entonces a cuestionarlo todo y terminó siendo expulsado del kibutz. ¿Desde entonces ha ido contracorriente?
Es verdad. Tengo sentimientos encontrados, amo realmente esta tierra, pero no puedo soportar la frialdad y la cortedad
de miras de mi gente hacia los palestinos.
Soy un exiliado en mi propia tierra. Pienso que Israel o Palestina es mi país, pero frente a la política, me considero un disidente, no estoy dispuesto a aceptar que somos los dueños y los palestinos los sirvientes. Mire este hotel donde estamos ahora, todos los clientes son judíos, los miembros del servicio son palestinos.
Usted fue uno de los fundadores de Neve Shalom, una cooperativa situada entre Jerusalén y Tel Aviv en la que viven judíos y palestinos con pasaporte israelí. Unas cuarenta familias que conviven día a día. ¿Se trata de un proyecto esperanzador o sólo de una iniciativa con buenas intenciones y poco efecto?
Neve Shalom no es algo perfecto, pero es un modelo de cómo deben vivir los seres humanos juntos, compartir la tierra, la vida.
Es verdad que no cambia mucho, ni siquiera hay siempre buenas intenciones. Allí viven hoy  mitad judíos y mitad palestinos. Pero en cuanto tienen buenas casas y jardines, ya les faltan las ganas de desafiar a la política, de intentar cambiar algo o abrirse a los demás.
Intento desde hace años desarrollar allí un proyecto que no todos están dispuestos a apoyar. Un proyecto relativo a las narrativas históricas de ambos lados, puesto que creo que ninguna cuenta toda la verdad.

¿Ese modelo y otras iniciativas pueden realmente llegar a cambiar la situación desde dentro?
No creo que la solución pueda venir de dentro. En los dos lados hay una necesidad de superar el miedo y se hace a través del nacionalismo, del fundamentalismo. Es absurdo, todos piden al mismo Dios que acabe con su enemigo. A fuerza de usar el ojo por ojo, vemos sin ver. Sufrimos la enfermedad del “Elogio de la ceguera”, la novela de Saramago.
La diferencia es que no hay simetría, los palestinos son los que sufren, nosotros somos los opresores. También nosotros tenemos derecho a existir, pero no tenemos derecho a quitárselo a los palestinos.
Fuente, vìa :
http://periodismohumano.com/en-conflicto/%E2%80%9Cestas-son-nuestras-unicas-armas%E2%80%9D.html

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