Poco se habla de ella,
pero ahí está. Cuando hablamos de frontera sur europea y relacionamos el
tema con las corrientes migratorias, enfocamos constantemente la
atención hacia tres países de la región: Italia, España y Grecia. Para
estos tres ilustres miembros de la Unión Europea gastamos ríos de
palabras para contar, describir y denunciar las políticas de rechazo y
expulsión que, con pocas variaciones el uno del otro, los tres países
aplican. Sin embargo, es urgente señalar a otro importante protagonista
en la guerra europea en contra de los migrantes. Éste es la isla de
Malta.blancoprincipal de las rutas migrantes.
Perteneciente a la Unión Europea desde 2004, Malta ha adoptado la posición europea acerca del tema migratorio implementando todas medida represiva posible y contemplada por Bruselas: Centros de Identificación y Expulsión (CIE), patrullajes marítimos, colaboración con la agencia europea Frontex y acuerdos con Libia. A este propósito es preciso señalar la reunión que hubo a principio de julio de este año entre los ministros de Exteriores de Italia y Malta.
En dicho encuentro, titulado Una Estrategia para el Mediterráneo, en lugar de buscar mecanismos eficaces para el rescate de las decenas de migrantes que todos los días tratan de cruzar dicho mar (y mueren en ello), los representantes gubernamentales discutieron y acordaron medidas bilaterales para aumentar el control del tramo marítimo de competencia para evitar, antes que todo, acciones contradictorias como las que en años recientes expusieron a ambos gobierno a las críticas de la sociedad civil.
Malta, por ejemplo, en más de una ocasión se rehusó a socorrer navíos de migrantes porque éstos se encontraban
más cercasde las aguas territoriales italianas. O, en otro caso, Malta en más de una ocasión ha declarado la
inutilidadde las misiones de Frontex, las que al contrario amparan las maniobras de la armada italiana en las aguas internacionales, tanto bajo el aspecto operativo que económico. Entrar a Malta de manera irregular (sin documentos) no es, como en muchos otros países, un delito pero sí una falta administrativa. Bajo este argumento, los migrantes son detenidos. La peculiaridad de dicha detención es que, desde 2005, puede durar hasta los 18 meses. Según el gobierno maltés, dicha medida temporal inhibiría la llegada de otros migrantes
irregulares.
El gobierno maltés está en la actualidad haciendo todo lo
posible para conquistar un espacio tanto en el debate europeo (al menos,
en el sur europeo) acerca del tema migratorio tanto en los lugares de
toma de decisiones al respecto. Malta había logrado mantenerse al margen
de las corrientes migratoria. Hoy, ya no es así. Urge una solución,
afirman en La Valeta. Una solución que sea fruto de decisiones
compartidas, sobre todo por lo que tiene que ver con la responsabilidad
que las mismas implican.
Responsabilidad, esa es la palabra clave. Porque es necesario
repartirla sobre todo cuando se trata de las responsabilidades que
señalan las organizaciones de derechos humanos en contra de la actuación
de los gobiernos frente al fenómeno migratorio. En un reporte del año
pasado (2009), la organización Médicos Sin Fronteras (MSF), que tiene un
centro de operación en el sur de la isla de Malta, denunciaba las
condiciones inaceptablesde los tres CIE presentes en la isla. MSF definía el trato que los migrantes reciben como algo
injustificado e inhumano.
El mayor problema, señalan los integrantes de MSF, es que en los
primeros seis meses del año pasado, al menos 60 por ciento de los
migrantes que llegaron a Malta eran potenciales solicitantes de refugio
(en su mayoría procedentes de Somalia). Aún así, el gobierno maltés no
habría facilitado las condiciones para que este derecho fundamental se
pudiera ejercer. Al contrario, denuncian, Malta deporta a sus migrantes a
Libia, cuyas políticas –lo sabemos– cancelan de facto dicho derecho.
Con una población de cerca de 400 mil habitantes, Malta recibe todos
los años un promedio de 3 mil migrantes. En sus Centros de
Identificación y Expulsión, indica MSF, las condiciones higiénicas
son pésimasy no hay la mínima atención médica. Las personas enfermas viven junto a quien se encuentra sano, en estado de hacinamiento y en condiciones muy precarias. La detención por hasta 18 meses, según MSF, lejos de detener las nuevas llegadas,
está en realidad dañando a la salud de los migrantes detenidos, y potencialmente dichas afectaciones podrían tener consecuencias a largo plazo sobre la salud sicológica y física de los detenidos.
Afirma el estudio de la organización no gubernamental internacional
que los factores que orillan a una persona a dejar su casa para irse a
otro país son serias. Entre éstas se encuentran guerras civiles,
violaciones a los derechos humanos y persecuciones; además de problemas
económicos y ambientales. Estos factores, concluye MSF, son más fuertes
de cualquier efecto disuasivo de los CIE. Algo que los gobiernos de la
Unión Europea no quieren ni logran entender.
fuente, vìa :
http://www.jornada.unam.mx/2010/08/15/index.php?section=mundo&article=022a1mun

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