
Cada
mañana al alba los monjes budistas rezan sus oraciones. Después salen
para pedir donativos para el templo a los mercados y tiendas de Lopburi.
En una sociedad donde todavía el sida mata, y en la que los enfermos llegan a ocultar las manchas de sus cuerpos por miedo al rechazo de sus propias familias, un monje, Alonkot Dikkapanyo, acogió hace 18 años a un hombre que sufría sin tratamiento y en soledad. Lo cuidó con devoción y ternura hasta el momento de su muerte. Y supo, con claridad, que su camino estaba trazado.
“Poco a poco fueron llegando más enfermos”, cuenta Alonkot que recuerda que los primeros momentos no fueron fáciles. Al principio la gente no veía bien tenerlos cerca, sufrían el rechazo de la sociedad que trataba de que se fueran a otra parte. “Pero no nos fuimos, luchamos, y nos quedamos aquí, y ahora mucha gente entiende e incluso viene a ver a los pacientes”, afirma. “El problema es que la gente temía infectarse y nos discriminaba, el gran trabajo es hacer entender”.

Pacientes seropositivos descansan en la sala del pequeño hospital que posee el templo,
donde reciben tratamiento (L. S.)
Para Alonkot, la solución pasa por conseguir la aceptación familiar y por colocar a los enfermos en trabajos. Habla de la educación como el principal camino a seguir, ya que muchos afectados sufren porque se ven solos. “A muchos enfermos que no pueden trabajar el gobierno les da una pequeña cantidad de dinero, pero no es suficiente, ni para comida, ni para vivienda, y mucho menos para medicamentos”, asegura.
Desde que en 1992 aquel primer afectado acudiera al templo, más de diez mil personas han perdido la vida en este lugar sagrado. En los peores momentos de expansión del sida escaseaban los medios y las medicinas. Cada día morían pacientes que se veían obligados a quemar en hogueras.“En invierno mueren más enfermos y en general están más depresivos”, cuenta Sayamon Unboonruang, coordinadora del centro. “Cada día recibimos llamadas, y la lista de espera es muy larga”, subraya. “Muchas veces las familias los dejan en la puerta del templo y desaparecen. Otras, simplemente, los abandonan en la carretera”.“Dos o tres veces por semana los monjes van a pedir donaciones al mercado y las tiendas, la gente colabora mucho, con arroz, ropa, o lo que pueden. Es una de las razones por las que el templo salió adelante”, dice Sayamon.

Pacientes seropositivos descansan en la sala del pequeño hospital que
posee el templo, donde reciben tratamiento.(L. S.)
Khemkhaeng Promma nació en la provincia de Saraburi hace 36 años, donde vivía con sus padres y sus tres hermanos. Una tímida sonrisa aparece en su cara cuando recuerda su niñez. “No me gustaba ir a la escuela, prefería irme a jugar al campo”, cuenta. Pronto, siendo aún adolescente, comenzó a trabajar cargando en una fábrica de cemento, pero las condiciones era tan duras que a los 18 años sufrió una parálisis que le impidió caminar durante 4 años. Luego sirvió como militar durante dos años, recuperó las fuerzas y después pasó a una factoría de plástico.
Todavía no contaba con 25 años cuando emprendió el camino del que ya no volvería. “Mi corazón estaba roto, y un amigo me ofreció probar el opio”, recuerda. Pronto las dosis aumentaron, y el cuerpo creó resistencia. Y así llegó la heroína. Al principio una vez al día, luego dos, tres,… y nada cambió hasta que hace tres años descubrió unas manchas en su cuerpo. Tenía sida. Fue su hermana la que se encargó de él, lo llevó a dos hospitales, pero al no mejorar lo mandó a un templo donde utilizaban unas hierbas que creía podían curarle. Después se enteró de la existencia de este Wat, y acudió aquí.
Cuando se le pregunta si le gustaría decir algo a la gente, Khemkhaeng se queda callado, pensando…“No se hagan positivos, no cojan la enfermedad”, contesta en un tono muy bajo. Su deseo sería estar mejor, ya que sabe que interiormente se autodiscrimina de la gente.

Cada día, los pacientes cubren de cal su piel para secar sus heridas y
evitar que surjan nuevos brotes.
Después de su divorcio hace diez años no ha vuelto a ver a su mujer y a su hija, y apenas un año atrás comenzó a detectar los síntomas de la enfermedad en el cuerpo. “Tras un tiempo, mi novia me dijo que estaba infectada”, cuenta. Cuando se enteró no se lo dijo a nadie, ni siquiera a su familia. Comenzó a beber cada día mientras fue capaz de mantener el secreto, “hasta que no pude conducir, ni beber más”.

- El año pasado diez voluntarios vinieron a ayudar al templo, “los voluntarios son siempre bien recibidos, les damos la comida pero no podemos ofrecerles alojamiento ya que las habitaciones que hay son para los enfermos”, dice Sayamon.
Khiipong sólo lleva 20 días en el templo,
le gustaría estar fuerte para volver a casa. “Por ahora estoy bien aquí,
pero quisiera volver a trabajar y así poder dejar la cama vacía para
que otro paciente pueda ocuparla”. Cuenta que la sociedad en general
todavía piensa que los seropositivos son un grupo diferente de gente que
no pueden vivir con sus familias. Incluso en su propia casa las cosas
estaban separadas para él.
Al preguntarle si quiere decir algo a la sociedad, Kihipong habla con
claridad: “No actúen como yo”, responde, “dejé a mi familia, a mi hija,
y me fui con otra mujer que me contagió el sida”.Actualmente en el Wat cuentan con dos proyectos. En el primero, hay 115 pacientes adultos, los que están en situación más crítica. En el segundo, situado a 85 kilómetros de Lopburi, residen 200 personas entre niños y adultos. Aquí van a la escuela, hacen deporte, y son cuidados tanto los afectados por el sida como los menores que perdieron a sus padres por esta causa.
Mucha gente en Tailandia conoce ya la existencia de este templo, en el que trabajan en colaboración con hospitales como el de Lopburi. Dan charlas de prevención en colegios y han abierto también un museo donde pueden verse los cuerpos de pacientes, que quisieron que su muerte sirviera para mostrar al mundo los efectos que el virus puede llegar a causar.
Hoy en día la mayoría de los fondos necesarios para el funcionamiento de los proyectos proviene de donaciones privadas tailandesas, así como del extranjero. Sólo una pequeña parte procede del gobierno.
Según el Ministerio de Sanidad actualmente medio millón de habitantes son portadores del virus. Por eso, en Tailandia, para aquellos que sufren del sida y la discriminación, iniciativas altruistas como la de Alonkot Dikkapanyo representan una gran esperanza, aportando compañía y comprensión a estas personas, incondicionalmente, hasta el final del camino.
- Pacientes seropositivos descansan en la sala del pequeño hospital que posee el templo, donde reciben tratamiento (L. S.)
- Cada mañana al alba los monjes budistas rezan sus oraciones. Después saldrán pedir donativos para el templo a los mercados y tiendas de Lopburi.
- Algunos enfermos sufren de una doble infección de tuberculosis y sida. Son atendidos en una pequeña sala aparte.
- “Cuando un paciente muere, tratamos de contactar con las familias, y si no hay respuesta le incineramos. Guardamos los restos durante tres meses por si son reclamados, después los ponemos bajo el buda”, cuenta Sayamon.
- Cada día, los pacientes cubren de cal su piel para secar sus heridas y evitar que surjan nuevos brotes.
- Algunos enfermos sufren de una doble infección de tuberculosis y sida. Son atendidos en una pequeña sala aparte.
- Cada día, los pacientes cubren de cal su piel para secar sus heridas y evitar que surjan nuevos brotes.
- El año pasado diez voluntarios vinieron a ayudar al templo, “los voluntarios son siempre bien recibidos, les damos la comida pero no podemos ofrecerles alojamiento ya que las habitaciones que hay son para los enfermos”, dice Sayamon.
- Algunos de los enfermos que vinieron a parar aquí, decidieron, meses después, convertirse en monjes budistas y ayudar, en la medida de lo posible en la labor que desarrolla el templo.
Fuente, vìa, post original de :
http://periodismohumano.com/economia/el-final-del-camino.html











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