Cada año, para junio, cuando se
acerca el Día del Padre (al menos en Argentina es el 3º domingo
de junio), en muchas casas sopla una brisa de angustia. La
brisa de la falta. Sucede otro tanto, en otras casas, cuando llega el
Día de la Madre. Esos son los días icónicos de la Familia Tipo, de cuya
expulsión o deserción no pueden evadirse los que viven fuera de su aura.
La tiranía de la Familia Tipo que se impone desde los soportes
canónicos del imaginario social, es decir los medios y la publicidad,
castiga a muchos inocentes. Los niños sin padre o sin madre, por
ejemplo. O los que tienen padres o madres diferentes. Esos días tiene
lugar el estigma.
Mientras en la
vida real las familias experimentaron en los últimos cincuenta años
cambios inimaginables, vinculados no sólo con la evolución de un tipo de
pensamiento sino, además, con nuevas formas de producción capitalista,
los soportes del imaginario social persisten en aferrarse a la Familia
Tipo, convirtiéndola en un corset del que se escapan millones de
personas que viven otras escenas.
En estos días, cuando se discute en el Senado la ley de
matrimonio igualitario, desde los sectores confesionales arrecian las
definiciones que presuponen a la familia humana de una sola forma y
composición. De esas definiciones brota la idea de un hombre y una mujer
uniéndose en matrimonio para procrear, y manteniéndose juntos para la
crianza de los hijos. De esa ceñida, ahogada idea de familia “normal”,
no quedan afuera solamente las parejas del mismo sexo que desean casarse
y eventualmente también criar a sus hijos. Otros han quedado afuera
antes. Los solteros, los viudos, los emocionalmente fracasados. Y es
más: la Familia Tipo incluye en su nube de presunta plenitud a muchos
infelices y a muchos depravados.
Cuando
uno decide o no tiene más remedio que llevar su vida por carriles que
no son los que desembocan en la aprobación de cada una de sus tías,
siempre atraviesa, de alguna manera muy personal, un desprendimiento
interno. Nos desprendemos de esas partes nuestras que no pondremos en
juego.
En un intercambio
frenético de correos que mantuvimos hace unos años con mi amigo, el
bloggero y activista gay Christian Rodríguez, y que fue publicado en mi
libro Amar y flirtear, revisábamos esa expresión que aparentemente sólo
atañe a los homosexuales, “salir del ropero”. Era a partir de los
estereotipos que puso en acción la película Secreto en la montaña. El
debate era si se trataba de una película de amor, o de una película de
amor gay. En las historias de amor que consumimos en los productos
culturales, siempre se impone el obstáculo entre los amantes, y ese
obstáculo es externo. Rico, pobre, negra, blanco, joven, viejo, odio
entre familias, odio entre etnias, odio entre pandillas, la CIA y la
KGB. En esa película, decía Christian, el obstáculo era interno y ése
era su rasgo más fuerte. El obstáculo era la lucha subjetiva de cada
uno, Ennis y Jack, entre lo que le pasaba y lo que no debía pasarle.
Entre cada uno de ellos y el amor, lo que se interponía era la propia
idea del amor, y su propia idea de sí mismos.
De allí surgió un análisis de qué significa ese closet, y
la idea de que en un ropero está la ropa disponible y descartada. Todos
tenemos un closet del que salimos cuando hemos decidido qué de nosotros
vamos a defender como nuestra identidad, y qué partes disponibles
descartaremos, porque “salir del ropero” implica, antes que nada, una
renuncia a lo que no se elige ser.
También en ese diálogo se arribaba a la idea de que es
del mundo homosexual, precisamente, desde el que nos han llegado,
culturalmente en las últimas décadas, las noticias más vivas sobre el
amor estable, sobre el deseo ferviente de construcción de familia. Son
ellos y ellas las que están haciendo planteos de planificación familiar
con una claridad cegadora. El de ellos y ellas es un planteo maternal y
paternal que se sobrepone al narcisismo para fluir en el amor al hijo.
Quieren asegurarse el destino del hijo si el padre o la madre adoptante
llegaran a morir. Para eso necesitan casarse.
Sabemos, cuando abandonamos el barco de la Familia Tipo,
que hay familia allí donde un niño o una niña, un hombre y una mujer,
mujeres u hombres se sientan incondicionalmente amados. La hay donde hay
ese tipo de afecto que no se pone a prueba, ni depende de los vaivenes
de las personalidades.
Hay
familia donde hay seguridad. Se habla muy poco de este tipo de
seguridad, la afectiva, de la que dependen tanto las chances de nuestra
felicidad.
Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-147447-2010-06-12.html

No hay comentarios:
Publicar un comentario