
El historiador estadunidense Jeffrey Michael Pilcher, especialista en temas mexicanos, dice en su libro Cantinflas and the Chaos of Mexican Modernity que “las jerarquías sociales, los patrones del lenguaje, las identidades étnicas, y las formas masculinas de comportamiento, todos cayeron ante su humor caótico para ser reformuladas en nuevas formas revolucionarias”. Es curioso que el profesor Pilcher se detenga en esa precisión, “las formas masculinas de comportamiento”, porque son precisamente dos homosexuales militantes, Carlos Monsiváis y Salvador Novo, los primeros valedores y exégetas de la obra del humorista surgido de las carpas. Y en efecto, en muchas de sus películas, Cantinflas cuestiona el machismo desde dentro, llegando al extremo de incluir una escena de travestismo en El signo de la muerte, y este es un aspecto del que (al menos que yo sepa) se habla bastante poco, pero creo que es un elemento muy remarcable, porque no descubro el Mediterráneo si digo que México lindo y querido se cuenta entre los países más machistas del mundo.
![]() En una escena de Ni sangre ni arena |
La verdad es que no se puede sino admirar la memoria de RSR y la implantación inerradicable de Cantinflas en su disco duro.
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En cuanto al “cantinflismo”, considero que Mario Moreno fue un genio del idioma. En sus películas cómicas transforma el verbo mexicano en un espectáculo de malabarismo. Como un dato curioso, en España y en Sudamérica se piensa hasta hoy que Cantinflas habla y no dice nada. Profundo error. Lo que pasa es que su mensaje está en código. Entonces, ¿cuál es el mensaje? Como en el mundo real, los mensajes cifrados son los mensajes más importantes. Son actos de guerra. El código es para que el enemigo no entienda. Cantinflas en sus películas cómicas, cuando se ve en aprietos, empieza a dialogar con el espectador por sobre las cabezas de la autoridad (el policía, el burócrata, el papá de la muchacha...) Ese es el enemigo que no entiende nada. Y el espectador en su butaca recibe el mensaje, lo descifra y ¡oh milagro! se pone a reír.Los pueblos latinos son (somos) en exceso verborréicos. La garrulería poética de Neruda y la elocuencia oratoria de Fidel Castro responden a ese esquema. Cantinflas, en ese sentido, habla así (o parece hacerlo, según Cinna Lomnitz) como legítima defensa contra la injusticia del idioma reglado, el de quienes mandan y el de quienes guardan pudores vergonzantes. Y así es que en los quiebros del lenguaje donde está el mejor Cantinflas, por ejemplo en la escena de Caballero a la medida, cuando describe a la mujer que vio en el Hipódromo “con un vestido de tisú de lamé de un color azul tirando a mango, con un descote hasta... la cintura dejando al descubierto... dos piedrotas de esmeralda montadas en un pendantife que valían por lo menos... como no sé cuánto”.
Al respecto me resulta muy esclarecedor lo que me dice mi amiga mexicana Lillian Levi, en un español sabroso, con regusto a tortilla y a guacamole: “Una cosa que pienso de él es que, sin darse cuenta, fue la actualización del Güegüense, o Huehuenche, personaje de los tiempos de la Colonia que constituye una de las primeras obras de teatro de Mesoamérica, y que seguramente conoces. Tiene muchos rasgos en común con él. Es el mestizo que no es reconocido ni por los indios ni por los blancos, no domina el idioma, no tiene sitio social, ni recursos, ni nombre, ni padre, ni oficio; un paria que a fuerza de ingenio y trácalas logra ir escalando, hallando su huequito y su reconocimiento, e igual que el Huehuenche, a fuerza de disfrasismos y borucas logra burlarse de medio mundo, en especial de las figuras de autoridad y poder, y salirse con la suya. Alguien debería hacer ese estudio. Lástima que ya se nos murió Monsiváis, hubiera sido el indicado.”
Debo discrepar con ella cuando dice que es una pena que Monsiváis no haya hecho un estudio de Cantinflas, porque sí lo hizo dentro de su ensayo “Ahí está el detalle: el habla y el cine de México”, sobre el cual no puedo extenderme aquí, pero sí quiero citar su espléndida frase inicial: “En su carta a Bill Clinton, Antonio de Nebrija decía que la tecnología ‘es el arma del imperio’, y creo que Nebrija, una vez más, tenía razón.” Y volviendo a Lillian, sí creo, en cambio, como ella, que es una lástima que no se haya investigado (por Monsiváis o por quien fuese) esa variante güegüense de la retórica de Cantinflas.
El problema básico para entender sus películas, desde mi perspectiva actual, es que me temo que no sean cine, sino fotografía. Fotografía animada y enriquecida por el sonido, pero fotografía. Y la fotografía no sobrevive en el cine sino como fotograma, como carteles, como prospectos. Sea como fuere, consulté con varias amistades en América Latina, donde sé que los ciclos de películas de Cantinflas son una programación de piñón fijo, como dicen los ciclistas. Y para mi gran sorpresa me encontré con que era adorado, literalmente adorado, no sólo por gente de mi generación, sino por personas que incluso habían nacido después de que rodase su último film, El barrendero. Quiero citar al respecto el testimonio de una persona muy joven y muy querida: “La que más he visto (porque es una de las que más presentan) es El barrendero, con María Sorté. Todos queremos ser irreverentes como ese barrendero, o como cualquiera de sus personajes, que se sale de todo protocolo para decir cosas que normalmente incomodan, que son políticamente incorrectas, que no están ni en los manuales de cortesía, ni en los libros de protocolo. Entonces sí tiene que ver con su humor que a mí me fascinara. Fascinación por Cantinflas desde niña, por todo, por su gracia en la actuación, por su humor que me era familiar, por su irreverencia y su desparpajo, por su sencillez, por sus bailes, por lo que él significó en mi vida, momentos tan tan alegres, tan felices, que uno no se puede imaginar su vida sin haber visto las películas de Cantinflas.”
Naturalmente se trata de un testimonio sincero sin duda alguna, y por ello muy valioso. Sin embargo, lo que más me interesa es resaltar esa incorrección política un tanto quijotesca, pero cuyo mensaje no es que políticamente sea de derecha, sino que le hace el juego a la derecha: seamos decentes y el mundo marchará mejor. Pero por desgracia sabemos de sobra que eso no es así.
![]() En una escena de Ni sangre ni arena |
Y puesto que estamos en ello, no quisiera concluir esta nota sin aludir al hecho de que el sinsentido tiene también una tradición culta en América Latina. Lo demuestra de una manera irresistiblemente cantinflesca y al mismo tiempo altamente académica, el desopilante poema “La serenata”, de José Manuel Marroquín, poeta y presidente de Colombia a comienzos del siglo pasado. No resisto la tentación de copiarles un fragmento del final, porque es algo así como Cantinflas antes de Cantinflas, uno de sus más excelsos precursores. Concluye de este modo: “Tus estrellos son dos ojas,/ tus rosos son como labias,/ tus perles son como dientas,/ tu palme como una talla,/ tu cisne como el de un cuello,/ un garganto tu alabastra,/ tus tornos hechos a brazo,/ tu reinar como el de un anda./ Y por eso horo a estas vengas/ a rejar junto a tus cantas/ ¡y a suspirar mis exhalos/ ventano de tus debajas!”
Lo dicho: Cantinflas Romeo, debajo del balcón de Julieta, y acompañándose con la mandolina, no lo hubiera cantado mejor.
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Son 238 palabras de las 805 que componen el monólogo de Lucky en Esperando a Godot, y a mi juicio demuestran que si Samuel Beckett no conocía las películas de Cantinflas, tampoco andaba muy lejos de su retórica..
Fuente, vìa :
http://www.jornada.unam.mx/2011/09/11/sem-ricardo.html








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