lunes, 18 de julio de 2011

Chile : Universidades que son empresas...Por Vivian Lavín

Resulta un escándalo que las universidades privadas de nuestro país tengan pretensiones de continuar en el mismo estadio de intocables, como lo han estado durante los últimos 30 años. Resulta un abuso que todas ellas, sólo por el hecho de llevar el rótulo de “universidad” hayan venido realizando un negocio demasiado lucrativo y tengan la tupé de pararse frente al país como si todas representaran en su esencia lo que significa ser una “universidad”.

Es hora de que quienes estudiamos en alguna de estas casas de estudios superiores levantemos la voz y expongamos otros argumentos en la discusión pública, de manera, que este Gran Acuerdo Nacional por la Educación cuente con información esencial para un debate transparente y honesto.

La calidad de la educación que tanto las universidades públicas como privadas imparten en la formación profesional de sus alumnos, depende en una de sus aristas de la malla curricular de la carrera respectiva. Un diseño que cada casa de estudio realiza de manera autónoma, pero que debe ser “aprobada” por la autoridad. La libertad de enseñanza que consagra nuestra Constitución permite así que todas las Universidades recurran a la experiencia y también a la imaginación a la hora de formar a sus estudiantes. Sin embargo, es un campo fértil para inventar muchos ramos de escasa utilidad y bajísimo costo con el sólo propósito de engrosar aunque sea de manera nominal, las materias entregadas.

Frente a estas cátedras están los profesores. En los inicios de la privatización de la educación superior, los profesores que impartían clases en las universidades privadas eran los mismos de las tradicionales, puesto que no había más docentes disponibles. Sin embargo, y muy luego, las casas de estudios superiores privados comenzaron a contratar para estos efectos a cualquier profesional, sin importar su trayectoria académica o su nula experiencia docente. En el caso de periodismo, se llegó al paroxismo de privilegiar a “figuras televisivas”, que, de paso, vistieran el nombre de la naciente universidad, otorgándole “status”, dejando en una nebulosa si acaso esa exposición fuera garantía de una buena enseñanza.

Con ramos y profesores de dudosa calidad, las universidades privadas presentan en su orgánica interna un organigrama institucional parecido al de  una empresa, ya que no cuentan con una institucionalidad democrática que permita a todos los estamentos universitarios dialogar y concordar en cómo materializar la misión que se han propuesto. Este aspecto antidemocrático también afecta a la mayoría de las universidades de este país, estatales o tradicionales, siendo la Universidad de Chile la única que cuenta con un órgano como el Senado Universitario.

Cuando el Presidente de la República se reúne con los rectores de las universidades privadas, vienen a la memoria rostros y episodios que de manera elocuente reflejan el espíritu con que fueron concebidas.

Como aquél, cuando la única rectora que ha tenido desde sus inicios la Universidad Gabriela Mistral, la abogada Alicia Romo, fue muy clara en la negativa rotunda a la participación estudiantil: “Esta es mi universidad. Si ustedes quieren un centro de alumnos, háganlo en su propia universidad”, sepultando con una frase la motivación por agruparse que tenían los estudiantes de diversas carreras a fines de los ochenta.

Las universidades no pueden ser cotos ideológicos. Tampoco una fuente laboral de dudosos profesionales que ingresan a la docencia sólo en busca de “buen pituto”. Pero, jamás una empresa de la cual alguien pueda sentirse dueño.
Vìa :
http://radio.uchile.cl/columnas/122593/

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