El Estado neoliberal protege a los delincuentes de cuello blanco. No actúa contra ellos, y si lo hace es de forma excepcional. Siempre es bueno contar con un chivo expiatorio. Lava la cara y de paso crea una cortina de humo. Nunca persigue de manera sistemática a quienes defraudan a la hacienda pública, la seguridad social y evaden capitales. Sirva como ejemplo la actual reforma laboral. Mientras se avala el despido exprés por razones objetivas del empresario evitando con ello pagar indemnizaciones, los gerentes de bancos, directivos, miembros de los consejos de administración y altos cargos siguen blindándose ante la crisis. Sus nóminas no sufren recortes y sus contratos contemplan el abono de millones de euros en caso de despido.
No cabe duda, la vida de los ricos está llena de sinsabores.
En estos momentos se sienten observados, criticados y maldecidos por
quienes no comprenden lo difícil que es elegir entre comprar un reloj de
diamantes o de platino. Tarea compleja a la cual se debe unir el estrés
provocado por la indecisión de adquirir un yate o un Maserati. La
verdad, son unos auténticos sufridores. Seres débiles y frágiles a los
cuales debemos agradecer sus actos de beneficencia en pro de la
comunidad. Siempre están pensando en los más débiles y necesitados.
Tienen un espíritu cristiano sin igual. Cuando unen sus esfuerzos,
organizan cenas con el fin de recaudar fondos para los niños hambrientos
del Tercer Mundo. Asimismo, abren fundaciones y dedican una parte
ínfima de sus astronómicas fortunas a realizar obras de caridad. Por
citar dos nombres relevantes de nuevos ricos, tanto George Soros como
Bill Gates o si se quiere en menor medida Slim, les gusta ser
visualizados como los Médici del siglo XXI. Compran pinturas,
esculturas, incunables, joyas o cualquier bien mueble o inmueble que
posea un valor de cambio elevado y sea único en su especie. Tampoco este
comportamiento es exclusivo de quienes amasan fortunas particulares.
Este comportamiento no difiere del practicado por los grandes bancos y
las empresas trasnacionales. HSBC, Santander, Nestlé, Endesa, Telefónica
o Petrobras otorgan becas doctorales, posdoctorales, se comprometen con
el medio ambiente, la naturaleza y patrocinan investigaciones sobre el
cáncer, el genoma humano y las nuevas tecnologías. Les falta tiempo para
apadrinar estudios sobre energías alternativas o convertirse en
auspiciadores de equipos de futbol, ciclismo, baloncesto, Formula Uno,
atletismo o regatas. Todo claro está, debidamente complementado y acorde
a las leyes recaudatorias. Aquello que destinan a obra social tiene sus
compensaciones. Desgrava y facilita seguir acumulando capital y
engordando el patrimonio. Qué más podemos pedir. Al fin y al cabo son
unos auténticos benefactores. Crean sus museos, salas de exposición y
permiten que los mortales contemplen sus pose- siones considerándolo un
acto desinteresado y humanitario. Cómo les vamos a exigir un
comportamiento simple. Debemos dejarlos en libertad para practicar los
pecados mundanos. El robo, la usura, la lujuria, la gula y cualesquiera
que sirva para sus fines de mecenazgo. Pobres ricos, son santos a
quienes hay que venerar. Su vida está llena de peligros y encima son
unos incomprendidos. ¡Qué fatalidad!
fuente, vìa :
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http://www.jornada.unam.mx/2010/07/02/index.php?section=opinion&article=012a1pol

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