Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad
Buenos días, Sr. Presidente, Primera Dama, Sra. Procuradora, Sres.
Secretarios de Estado y demás servidores públicos que lo acompañan;
buenos días compañeros de viaje en el Movimiento por la Paz con Justicia
y Dignidad; buenos días ciudadanos de esta nación.
Antes de iniciar este segundo diálogo, quiero leer unos versos del peruano César Vallejo: “Jamás,
hombres humanos,/ hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la
cartera,/ en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!/ Jamás tanto
cariño doloroso,/ jamás tan cerca arremetió lo lejos,/ jamás el fuego
nunca/ jugó mejor su rol de frío muerto!/ Jamás, señor ministro de
salud, fue la salud más mortal/ y la migraña extrajo tanta frente de la
frente!/ Y el mueble tuvo en su cajón dolor,/ el corazón, en su cajón,
dolor,/ la lagartija, en su cajón, dolor”.
Al final de mi intervención le entregaré, Sr. Presidente, la fotografía
de Pedro Leyva, el primer asesinado del Movimiento, y esperemos que el
último, como prenda de la justica que usted, como representante del
Estado, debe a la familia de Pedro, a la comunidad de Ostula y a las
víctimas de esta guerra.
Hace más de tres meses, Sr. Presidente, nos reunimos en este mismo
lugar donde --- volvemos a recordarlo-- residió el imperio de quienes se
equivocaron creyendo que con las armas extranjeras se resolverían los
problemas de México, pero también donde se firmaron los Tratados de Paz
de El Salvador. En aquella ocasión le mostramos, con nuestra presencia,
lo que su estrategia de guerra había enterrado durante cinco años bajo
el desprecio de las abstracciones estadísticas –40 mil muertos, 60 mil
desaparecidos, 120 mil desplazados, que en estos últimos tres meses han
aumentado de manera terrible-- y bajo el insulto de ese absurdo epíteto
de guerra nombrado “bajas colaterales”, que esas cifras, esas “bajas
colaterales”, esos innombrables, tienen nombre, historia, y sus familias
un dolor y una destrucción indecibles; le mostramos también que los
muertos culpables son también seres humanos que un Estado corrupto y
omiso arroja día con día a la delincuencia, destruyéndoles su esqueleto
moral y político, y advertimos con ello que su estrategia de guerra está
multiplicando el dolor y no logra construir la paz que requiere la
nación.
De aquel primer diálogo surgieron cosas importantes: primero, el
reconocimiento del diálogo abierto, de cara a la nación, como un
fundamento de la democracia que pocas veces se ejerce en nuestro país;
segundo, un lenguaje distinto, frente a la visibilización del dolor, en
la vida política de la nación; tercero, el reconocimiento, por parte
suya, de la deuda que tiene con las víctimas de esta guerra; cuarto, el
apoyo, por parte de algunos funcionarios que honran su condición de
servidores públicos, a muchas de las víctimas que hemos visibilizado –se
los agradecemos, y si no damos sus nombres, como debería ser con todo
agradecimiento, es para protegerlos—y quinto, las 4 mesas de trabajo
para dar cauce a las seis demandas que están contenidas en el documento
leído el 8 de mayo en el zócalo de la ciudad de México, que competen al
poder Ejecutivo, y que para nosotros son fundamentales para crear un
piso común que permita hacer la paz en la nación y salvar nuestra
incipiente democracia --es insolito el hecho de que más de 10
subsecretarios o equivalentes hayan interactuado durante 3 meses con
representantes de la sociedad civil.
A pesar de esos logros, Sr. Presidente, a pesar de los avances que se
han dado en esas mesas de trabajo y que acabamos de escuchar y de ver, y
sin dejar de tomar en cuenta que el tiempo que duraron es poco para la
cantidad de asuntos que surgieron en ellas, las restas, para desgracia
del país y vergüenza del Estado, siguen siendo mayores que las sumas.
Aunque usted aceptó, para empezar a resarcir la deuda que el Estado
tiene con las víctima, hacer justicia a aquellas que presentamos en el
documento del 8 de mayo y en el diálogo del 23 de junio, la única
justicia que hasta el momento se ha hecho ha sido en el caso de mi hijo
Juan Francisco y de su amigos asesinados el 27 de marzo –los otros 30
casos permanecen prácticamente en la misma situación--. Aunque usted
respondió a una de nuestras demandas –una demanda que ya tenía muchos
años de expresarse-- con la creación de la Procuraduría Social para
Atención a Víctimas del Delito –debería llevar el nombre de Víctimas de
la Violencia y del Abuso del poder--, dicha Procuraduría, de la que nos
enteramos –nuevamente un desprecio del poder hacia los ciudadanos—por
los periódicos, no sólo carece de presupuesto y de condiciones
operativas reales, sino que tiene serias deficiencias que es necesario
corregir. Si realmente existe una voluntad verdadera –y no como hasta
ahora parece, demagógica y mediática-- para con las víctimas,
revisémosla, junto con quienes ha asumido la responsabilidad de
coordinarla, para hacer una Procuraduría que realmente esté a la altura
del dolor y de la emergencia que vive la nación y perdure en el tiempo.
Aunque sabemos también –y eso sí nos produce satisfacción—que se trabaja
en la redacción de una buena Ley de Víctimas de la Violencia y del
Abuso de Poder que esperamos que esté, ésta sí, verdaderamente a la
altura de la emergencia nacional y que esperamos, esta vez, revisar
pronto con ustedes y pronto verla operando, esa Ley, por más ejemplar
que sea, servirá de poco sin una sólida Procuraduría Social para
Atención a las Víctimas y sin una Comisión de la Verdad –hoy más que
nunca necesaria, frente a lodo en el que se está convirtiendo el país- y
sin una Ley de Seguridad Ciudadana y Humana que camine hacia la paz que
necesita la nación, y no hacia la exacerbación de la violencia legítima
como pretende la actual propuesta de Ley de Seguridad Nacional que se
discute en las Cámaras.
Su decisión, Sr. Presidente, de que los militares asuman la seguridad
pública del país, lo menos que requiere es un mapa de ruta que defina
tiempos y límites de su presencia en las calles, ya que se pone en
serios riesgos la endeble democracia mexicana al subordinar el poder
civil a la lógica de la seguridad militar. Esa decisión, en la que usted
se empeña, argumentando que la corrupción y la debilidad de los cuerpos
policiacos son también causa de la presencia de las organizaciones
criminales nos parece equivocada, porque el problema del crimen
organizado no se reduce a la condición corrupta de los aparatos de
seguridad del Estado. Se encuentra también en el hecho de que las
organizaciones criminales se han infiltrado en las estructuras
económicas, políticas, de seguridad y judiciales de México. Allí no
advertimos de parte del Ejecutivo una política ni definida ni
contundente –como lo ha denunciado recientemente ante autoridades de los
Estados Unidos un empresario mexicano.
Todo ello convierte a su estrategia de guerra en una guerra sin fin
donde los flujos de dinero y las complicidades políticas continúan
intactas y los ciudadanos en México quedamos atrapados entre la lógica
del mercado y la del orden militar, llenos cada vez más de muerte y de
miedo. Además, y usted lo sabe bien, porque lo ha señalado reiteradas
veces, su estrategia de guerra no ha disminuido un ápice el mercado del
consumo de drogas en nuestro vecino del norte y los agentes criminales
continúan ganando miles de millones de dólares anuales por ese consumo.
En este sentido, como lo ha afirmado usted, Sr. Presidente, México no
es un Estado fallido, sino un Estado fracturado. Existe una fractura
entre la política de seguridad que se ejerce y las libertades que la
Constitución garantiza a los habitantes de este país; una fractura que
se profundiza en el entramado político al militarizarse el territorio
nacional; una fractura en el ánimo nacional por la sordera de la clase
política ante la exigencia de reformas –en particular de la reforma
política-- que den respuesta a la emergencia que vivimos --los procesos
electorales se perciben cada vez más como el gran negocio de los
partidos políticos y de los medios de comunicación que pretenden
convertir a los ciudadanos en mercancía--; una fractura que muestra a
una ciudadanía alejarse cada vez más de un sistema político que ha sido
infiltrado por diversas fuerzas del crimen; una fractura que se advierte
en la libertad de tránsito cancelada en grandes porciones del
territorio de nuestro país a causa del temor cierto a ser secuestrado y
desaparecido; una fractura que irrumpe en los hogares de miles de
mexicanos, dejando muerte y desamparo, terror e incertidumbre, porque
quien violenta, asalta y asesina se presenta con el uniforme de la
autoridad y el rostro de la delincuencia –desde nuestro primer encuentro
aquí, en este mismo sitio, Sr. Presidente, se han sumado a las ya casi
50 mil muertes 4 mil más; entre ellas la de nuestro compañero Pedro
Leyva Domínguez--; una fractura entre los ciudadanos y los cuerpos de
seguridad del Estado, entre las fuerzas armadas y los habitantes del
país que cimbra, sino es que cancela, la esperanza de una sociedad
democrática en ciernes; una fractura entre los mexicanos y nuestros
hermanos del sur y centroamérica, a quienes en este país, y gracias a la
incopetencia, apatía y complicidad de las autoridades, se les viola y
martiriza, extorsiona y asesina –desde esa tragedia su gobierno no ha
escuchado la verdad del padre Solalinde, ha preferido defender una
institución corrompida, como es el Instituto Nacional de Migración, a
garantizar la vida de quienes cruzan nuestro territorio para encontrar,
junto con nuestros hermanos mexicanos, una posibilidad de vida mejor en
los Estados Unidos, y contribuir con su trabajo al desarrollo de aquella
nación.
Los desafíos de esta fractura del Estado mexicano obligan, Sr.
Presidente, a reconfigurar el entramado social –las comunidades de los
pueblo indios son un ejemplo de lo que significa el tejido social-- para
encontrar otra vez el amalgama que cohesione a una patria resquebrajada
por una emergencia nacional que todos los partidos políticos,
incluyendo el suyo, continúan ignorando en aras de sus elecciones --sí,
de sus elecciones, porque no son las de la mayoría de los mexicanos que
vivimos en un país sin suelo y sin sentido y que miran cómo ustedes
ahondan esa horrenda fractura con sus guerras verbales que no son más la
expresión de una política siniestra y de unas elecciones ignominiosas
que ignoran el dolor, el desencanto, la desesperación de millones de
mexicanos y la emergencia nacional.
Esa fractura, que no hemos dejado de constatar y de evidenciar a lo
largo de nuestro caminar por el país, y que es consecuencia de décadas
de dejar hacer, de complicidades criminales entre sectores importantes
de las élites políticas y económicas del país, de la destrucción
sistemática del tejido social y sus ámbitos morales en nombre del
capital y del dinero, y de la pasividad ciudadana de la que fuimos parte
antes de que la violencia y la crueldad nos despertaran para decir,
exigir y buscar con todos los mexicanos de buena voluntad la paz para
México, se ha hecho más honda con su política de militarización del
país, Sr. Presidente. Sus decisiones, además de generar más violencia y
terror, están provocando el surgimiento de grupos paramilitares que, en
esta atmósfera enrarecida y atroz, se sienten autorizados para ejercer,
asesinando impunemente a más mexicanos, loque estúpidamente llaman
justicia.
En este sentido, Sr. Presidente, nos preocupa sobremanera que, después
de lo que hablamos hace tres meses en este mismo sitio, después de las
propuestas que hemos hecho en las mesas de trabajo, de las mismas
propuestas de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, a las
que nos hemos sumado, para crear una Ley de Seguridad Humana y Ciudadana
que construya la paz, después de nuestro andar uniendo el dolor del
país en una respuesta pacífica, usted haya afirmado que cobra más
muertos la delincuencia que todos los regímenes autoritarios, que –cito
textualmente sus palabras—“esa plaga que es el crimen y la delincuencia,
es una plaga que hemos decidido exterminar en nuestro país, tómese el
tiempo que se tiene que tomar y los recursos que se necesiten”. Ese tono
lleno de violencia y de desprecio, lleno de presagios siniestros, no se
diferencia del tono con el que el gobernador Javier Duarte se expresó
frente a los 35 cadáveres arrojados sobre las calles de Boca del Río:
“Es muy claro –dijo con la suficiencia de lo inhumano—, en Veracruz no
hay cabida para la delincuencia”. “Estamos combatiendo como nunca antes
el crimen, Estamos aquí enfrentando ese problema nacional con valor y
entereza. Lo estamos haciendo de manera coordinada, vinculante,
estrecha y cercana con la política del presidente Felipe Calderón”.
La atmósfera de violencia y de horror, que día con día crece, está
contaminando las palabras y los discursos. En ellos hay una amenaza
mayor, que detectamos con reprobación los ciudadanos: la del
autoritarismo y su rostro más brutal, el militarismo y el fascismo: “Es
hora –escribió, en este sentido el periodista René Delgado, y nosotros
lo suscribimos delante de usted para que responda a las víctimas y a la
nación—de exigir definiciones y aclaraciones sobre el rumbo que el país
toma antes de que la tentación fascista frente a la criminalidad
[tentación que reverbera en sus palabras, en las del gobernador Duarte y
en la irrupción de los paramilitares—arrase con la civilidad”, esa
civilidad que los ciudadanos de este país no hemos dejado de demostrar a
pesar del horror.
No sabemos si todavía es tiempo de que la clase política se comprometa
en verdad con la ciudadanía para enfrentar la emergencia nacional. Pero
en este momento, en las condiciones que vive el país, lo único que
advertimos es que las próximas elecciones serán, como ya se anuncian y
no hemos dejado de señalar, las de la ignominia, una ignominia que sólo
redundará en el ahondamiento de esa fractura a la que nos hemos
referido.
No sabemos si todavía es tiempo –queremos creer que sí—de que se nos
escuche –durante estos tres meses hemos llenado de suficientes
contenidos nuestra crítica a su estrategia de guerra, Sr. Presidente, y a
la Ley de Seguridad Nacional que la avala y que quieren imponernos-- y
se redacte una Ley de Seguridad Ciudadana y Humana que garantice los
derechos y las libertades de los mexicanos, y que precise y acote las
responsabilidades de las fuerzas públicas y sus servicios de
inteligencia. Es urgente que la seguridad se focalice en la
restructuración real, es decir, con y para la gente, del tejido social,
con prioridad en los jóvenes. El presupuesto y las leyes para estos
rubros tienen que evidenciar que el Estado mexicano elige la prevención y
no la represión como opción fundamental para detener la violencia que
vive el país, que siembra vida y no muerte, que da opciones a los
jóvenes y no los hacina en el olvido y las cárceles.
No sabemos si ustedes quieren en verdad tomar el camino de la paz
–hasta ahora, en la multiplicación de los cadáveres, en la impunidad y
la corrupción que habita en los aparatos del Estado, en el terror que
vive la población a causa de la delincuencia y de la respuesta violenta
de los gobiernos, en la violencia verbal y llena de cinismo de la lucha
electoral, en la ausencia de una sólida reforma política, en esa
fractura que la partidocracia ahonda día con día, parece que no--.
Nosotros, sin embargo, Sr. Presidente, y pese a los intentos por
minimizarnos y denostarnos, no hemos dejado de andarlo y de mostrarles a
todos la emergencia nacional: el país arde, los muertos se contabilizan
por decenas de miles de asesinados, de desaparecidos, de huérfanos, de
viudas y de padres y madres que hemos perdido a nuestros hijos, de
tejidos sociales desgarrados por la codicia y de un terror ciudadano.
Nosotros, es verdad, no representamos a todos ni nunca lo hemos
pretendido, pero representamos el dolor de los más desprotegidos, el de
las víctimas negadas y criminalizadas por el propio gobierno y el de
muchos ciudadanos de a pie que saben que el rostro de esas víctimas es
también el rostro del dolor de todo el país; somos los sobrevivientes de
nuestros muertos que hemos mostrado al mundo que cada uno de esos
cuerpos sin vida que aparecen en los medios maniatados, destrozados,
cubiertos de sangre, tienen un nombre y una historia que tenemos
obligación de rescatar; tienen también a alguien que los llora y que
muchas, muchísimas de esas vidas sacrificadas con brutalidad extrema son
inocentes, ciudadanos como nosotros que fueron levantados,
secuestrados, asesinados por criminales, policías, militares o
autoridades sin escrúpulos amparadas en la impunidad. Detrás de las
fosas comunes de las estadísticas se esconden historias diferentes:
víctimas de carne y hueso, pero también victimarios, homicidas crueles
que saben que mientras las víctimas y ellos carezcan de identidad y de
historia su impunidad está garantizada. Por eso es tan importante que
junto con el rescate de sus nombres y de sus historias, junto con un
memorial de nuestros muertos, junto con la Fiscalía de Atención a
Personas Desaparecidas, junto con la Ley de Víctimas de la Violencia y
del Abuso del Poder, junto con una Ley de Seguridad Humana y Ciudadana,
se cree también una Comisión de la Verdad. Sólo así garantizaremos que
la paz tanga la justicia y la dignidad que merecemos.
Nosotros no tenemos poder ni lo queremos –a pesar de que algunos se
empeñen en buscar intereses en el Movimiento para denostarlo--. No somos
--para parafrasear a aquellos que hace 17 años mostraron el dolor de
los negados del mundo indígena y nos dijeron que si no cambiaba el rumbo
del país iríamos a la perdición—robles ni elefantes; somos simplemente
caña, hormiga, los más pobres de los pobres, las víctimas, las bajas
colaterales, las viudas, los huérfanos, los que no tenemos nombre porque
perdimos a nuestros hijos, los despreciados, los negados que desde hace
seis meses nos pusimos a caminar para volvernos un puente que busca
unir en el dolor, el amor, el acogimiento y el diálogo, el norte con el
sur, el este con el oeste, el centro con los cuatro puntos cardinales,
la izquierda con la derecha, el gobierno con los ciudadanos.
Desde allí, desde esa dignidad que nos ha llevado a lo largo y ancho de
todo el país a abrazar, a besar, a consolar, a dialogar y a hablar con
firmeza y verdad con todos; desde allí, y frente a la sordera de los
criminales y de la clase política que se empeña en ahondar más la
fractura del Estado y el dolor de la patria, llamamos a todos los
mexicanos de buena voluntad a buscar formas alternativas de organización
pacífica y no-violenta. Por ello, desde este recinto lleno de símbolos,
de cara al diálogo que tenemos con usted Sr. Presidente como
representante del Estado y manteniendo, pese a las decepciones, el
diálogo franco y abierto que tenemos y tendremos con los demás Poderes,
convocamos a todos los líderes del dolor, a todos los ciudadanos de
buena voluntad y a todas las organizaciones civiles que busquen
construir la paz en nuestro amado México, más allá de diferencias
ideológicas, políticas y sociales, a reunirnos la noche del 31 de
octubre, en todas las plazas, zócalos, cementerios, escuelas, panteones,
centros ceremoniales, en todo espacio público que nos haya quitado la
delincuencia y la incapacidad gubernamental, allí donde los señores de
la muerte hayan dejado dolor y hayan pretendido destruir la esperanza,
para juntar nuestros dolores, recordar a nuestros muertos y manifestar
nuestra voluntad de paz, de amor y de justicia. Salgamos esa noche a
nombrar a nuestros muertos. Llevemos junto a sus nombres y fechas de
nacimiento y muerte fotografías, prendas, todo aquello que los haga de
nuevo presentes entre nosotros, para que todo México sepa que alguna vez
habitaron en esta casa que tiene una deuda inmensa con su memoria y la
justicia y la paz que les debemos y nos debemos, para que todo México
sepa también que ningún ciudadano permitirá más que se construya ningún
proyecto político sobre el odio, la corrupción, la impunidad, la guerra y
la muerte.
Por eso exigimos a todos los órdenes de gobierno y a todos los partidos
políticos que han convertido el proceso electoral en un mercado donde,
ignorando el dolor del país, el latido del corazón de la Paatria y la
emergencia nacional, se compran votos, voluntades y dignidades a:
1) Un drástico y transparente deslinde de todos los partidos políticos
del crimen organizado. Lo que significa que no deberán aceptar un solo
peso del narcotráfico, de la delincuencia o por fuera de la ley; que no
deberán aceptar un solo candidato o candidata que tengan vínculos con la
delincuencia organizada; que denunciarán cualquier amenaza o extorsión
que amenace el proceso electoral.
2) El mapa de ruta de la desmilitarización del país, el fortalecimiento
de las instituciones civiles y la garantía de seguridad y respeto a los
derechos humanos de los ciudadanos. No queremos más muertos ni más
desaparecidos.
3) La justicia que se les debe a nuestros muertos y la aparición de
todos los desaparecidos de esta guerra. Con idependencia de este
dialogo, es obligación de Estado garantizar el acceso a la justicia, por
lo que la atención a los caso individiuales y colectivos de debe
prevalecer para mantener los espacios de atención hasta ahora
construidos.
4) Un acuerdo nacional de inversión de largo plazo en la educación y
empleo que garantice a los jóvenes de México varias opciones de
educación así como el rescate de dicha población en las regiones de
mayor riesgo donde el crimen organizado ha encontrado en ellos su
ejército de reserva.
5) La restauración del tejido social mediante el respeto a las
diferencias regionales y el reconocimiento de las autonomías indígenas
con todos los derechos que eso implica.
6) El rescate de los caminos de México que devuelva el seguro y libre
tránsito de los ciudadanos por los territorios de la nación.
Llamamos así a los mexicanos y mexicanas a hacer uso de todas las
formas pacíficas de resistencia civil contra la violencia. Es el
momento, frente al horror y la fractura del Estado, de darnos las formas
de organización necesaria y siempre pacíficas para resistir juntos
tanto la violencia criminal como la oficial y refundar el Estado. En
esta hora de emergencia nacional, debemos articularnos de manera plural e
incluyente, desde abajo y entre todos y todas, para impulsar cambios de
fondo que recuperen el piso común que nos une y sin el cual esta casa
llamada México terminará por derruirse.
Discurso de Javier Sicilia en el Castillo de Chapultepec 2do Encuentro con el Poder Ejecutivo en PDF
Información difundida por el Área de Comunicación y Visibilidad de Cencos


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