En el programa se insistió en la necesidad de que la población se alimentara con base en dietas más balanceadas, ricas en frutas, cereales y verduras, de agua en vez de refrescos embotellados, y que fuera menos sedentaria, practicando algún deporte, caminando media hora al día. El programa fijó entre sus metas reducir la obesidad en 15 por ciento los primeros 10 años del nuevo milenio.
Finalizada la administración Clinton, su sucesor, George G. Bush, continuó la tarea. En varios estados (con California a la cabeza) se prohibió la publicidad y venta de refrescos y comida chatarra en escuelas, centros de salud y oficinas públicas. En paralelo, hubo
cabildeocon las empresas elaboradoras de esos productos para que redujeran su contenido en grasas y azúcares.
En otros países la lucha contra la obesidad es política oficial e incluye preferentemente al sistema educativo y a la publicidad engañosa de las trasnacionales y sus productos, que hacen daño.
Aunque hoy en Estados Unidos uno de cada cuatro de sus habitantes es obeso y por eso tiene algún problema de salud, la estrategia gubernamental sobre la materia ha surtido efecto, pero no tanto como para cumplir la meta de reducir en 15 por ciento el número de obesos este 2010.
Luego de un descenso en los primeros seis años del programa, los últimos tres hubo un aumento de uno por ciento. Algunos especialistas lo atribuyen a la severa crisis económica que golpea a buena parte de la población, en especial a las clases media y pobre. La falta de empleo y de ingresos parece llevar al consumo de comida de menos calidad y a que, por la depresión, la gente abandone la sana costumbre de hacer ejercicio.
Esa crisis creó 5 millones más de personas muy pobres, que hoy suman 47 millones.
De todas formas, Estados Unidos perdió el cetro de tener el mayor porcentaje de obesos. Lo ostenta su vecino, México, donde casi 30 por ciento de su población padece ese problema; donde reina la comida chatarra, especialmente entre las mujeres. Abundan los estudios sobre salud y nutrición elaborados por el sector público en los que se ilustran las consecuencias que ese reinado le ocasiona a millones de mexicanos y los gastos que el sector salud debe sufragar para combatir el mal.
No debe extrañar entonces si el licenciado Felipe Calderón asiste a la inauguración de un nuevo estadio de futbol en Guadalajara, el de las Chivas. Y lo elogia. Se creía exclusivo del dueño de la marca de productos Omnilife. Pero el verdadero patrocinador del citado equipo es la Pepsi, fabricante además de Gatorade, la bebida que, dicen, es
la marca líder en hidratación de deportistas.
¡Pepsi refresca cada grito de los aficionados!, se afirma en un anuncio. También, que con ese refresco se alienta la actividad física, el deporte. Con estos patrocinios y respaldos, tenemos obesidad para rato.
Fuente, vìa :
http://www.jornada.unam.mx/2010/09/20/index.php?section=opinion&article=024a1pol

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