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Cuando pensamos en violencia, por lo general
la asociamos con la rudeza, la brutalidad y el crimen de los que nos
informan los medios. Sin embargo, muchas veces pasamos por alto otros
tipos de violencia, más cercanos y cotidianos. Y aunque aquellos
extremos sean un motivo real de preocupación, que incluso puede estar
afectando nuestra vida y actividades diarias, estas otras formas de
violencia son igualmente perjudiciales, al grado de situarse como uno de
los posibles factores que desencadenan la violencia mayor. |
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), "la
violencia es una de las principales causas de muerte, a nivel mundial,
para las personas de entre 15 y 44 años". A la violencia se le
atribuyen, en promedio, el 14% de las defunciones de varones y el 7% de
mujeres. Y por cada persona fallecida como resultado de la violencia
extrema, existen muchas otras que padecen consecuencias derivadas de
violencia física o psicológica en forma de abuso, maltrato o
intimidación infantil, violencia doméstica y de género, acoso laboral y
discriminación social.
El origen de las conductas violentas en los humanos ha sido un tema
importante de investigación en filosofía, sociología, biología,
psicología y psiquiatría. En fechas más recientes, se han sumado a este
esfuerzo la neurobiología y la neurofisiología, que buscan en el cerebro
las claves para estudiar y prevenir la violencia. Con ayuda de estas
disciplinas, junto con novedosas herramientas que permiten obtener
imágenes cerebrales, se han conseguido avances, pero todavía hay muchas
incógnitas sobre este fenómeno. Una de ellas es si la violencia es
inherente a los humanos, o se adquiere culturalmente.
Así, por ejemplo, en el siglo XVIII, Jean-Jacques Rousseau afirmaba
que el hombre es bueno por naturaleza y que la "civilización artificial"
es la que lo corrompe. Por el contrario, pensadores como Thomas Hobbes,
Sigmund Freud y el premio Nobel de Medicina Konrad Lorenz han sostenido
que el humano es naturalmente agresivo y egoísta, y esto sólo se
contiene con la cultura. Esta controversia aún no ha podido zanjarse,
pero muchas evidencias apuntan a que, como siempre, parece existir la
doble influencia de la naturaleza y el medio (ver "¿Agresivos por
naturaleza?",
¿Cómo ves? No. 17).
Para bien y para mal La doctora Feggy Ostrosky, directora del
Laboratorio de Neuropsicología y Psicofisiología de la Facultad de
Psicología de la UNAM (FPSI-UNAM), y experta en las bases biológicas de
la violencia humana, señala que "nacemos con una predisposición a la
agresión, para posteriormente aprender cuándo podemos y debemos expresar
o inhibir estas tendencias". Agrega que la perspectiva biológica nos
indica que "la agresión es inherente al ser humano como medio de
supervivencia"; un comportamiento con fines de adaptación, seleccionado
durante la evolución.
Las bases biológicas de la conducta agresiva están reguladas por
ciertas estructuras cerebrales y por los mensajeros neuronales: las
hormonas y los neurotransmisores. Feggy Ostrosky precisa que estos
mensajeros no producen por sí mismos la conducta agresiva, por lo que
aquí entra la importancia del aprendizaje social en la modulación o en
la manifestación de esta conducta.
La agresividad no necesariamente es violencia. En palabras de la
doctora Ostrosky, la agresión incluso puede ser positiva, cuando se
trata de una "reacción espontánea y breve para protegernos de algún
peligro que nos acecha". En este sentido, la agresión "positiva" cumple
con una importante función biológica y evolutiva. Por el contrario, la
agresión negativa, o violencia, según la define la OMS, es "el uso
intencional de la fuerza física o del poder, en los hechos o como
amenaza, en contra de uno mismo, de otra persona o de un grupo o
comunidad, y que tiene como resultado una alta probabilidad de producir,
lesiones, muerte, daño psicológico, problemas en el desarrollo o
privaciones".
Además del miedo, que nos obliga a enfrentar la conocida disyuntiva
de huir o atacar, el enojo es una emoción que dispara nuestra agresión.
Enojarse de vez en cuando es totalmente natural; cierta cantidad de
enojo es necesaria para la supervivencia, y bien canalizada nos puede
impulsar a actuar asertivamente para resolver un problema. No obstante,
el enojo crónico es perjudicial y a veces oculta otras emociones. Si el
enojo pasa de ser un sentimiento ocasional a formar parte de la
personalidad, puede convertirse en hostilidad. Igualmente, cuando no
logramos "sacar" o expresar nuestro enojo de manera saludable por medio
de la comunicación, y preferimos ocultarlo o tratar de suprimirlo, puede
transformarse en agresión pasiva, esto es, una conducta donde los
sentimientos de agresión no se expresan abiertamente, sino a través del
resentimiento, la testarudez y el culpar a otros para evitar la propia
responsabilidad.
Hay que subrayar la importancia de que el enojo se exprese de manera
saludable, pues si es extremo e incontrolado puede desencadenar ira. Y
esta emoción excesiva fácilmente conduce a la violencia.
En su libro,
Mentes asesinas, la violencia en tu cerebro,
Feggy Ostrosky señala que si bien es una cuestión muy compleja, la
violencia puede clasificarse como primaria cuando existe cierta
predisposición genética; o secundaria, cuando intervienen otros factores
como trastornos de la personalidad, daños por golpes en la cabeza,
depresión, el abuso del alcohol o las drogas, también las frustraciones
cotidianas, la privación del sueño, el calor excesivo y, por supuesto,
el maltrato crónico. Al mismo tiempo, la violencia puede ejercerse
además de manera física, psicológica, una forma más sutil, pero
igualmente dañina, en ámbitos como la escuela, el trabajo y el hogar.
Acoso escolar
Aunque las balaceras y los asesinatos masivos ocurridos en las
escuelas de Estados Unidos, y en menor grado en las mexicanas, son
motivo de alarma y exigen medidas de prevención y control de la
violencia, existen otras actividades en las que participan niños y
adolescentes que también implican un grado de violencia que debe ser
atendido, no sólo por sus consecuencias inmediatas, sino por su posible
función como indicador de una mayor violencia en el futuro. Entre estos
factores de riesgo para desarrollar o sufrir conductas violentas está el
llamado
bullying, o acoso escolar, generalmente entre condiscípulos.
De acuerdo con un estudio reciente del Instituto Nacional de
Evaluación Educativa, cuando menos 10% de los alumnos de primaria y
secundaria en México son víctimas de acoso escolar. Tan sólo en las
escuelas primarias, 24.2% de los estudiantes respondió en una encuesta
que sufría las burlas constantes de sus compañeros y 17% afirmó haber
sido lastimado físicamente por otros alumnos. Para los estudiantes de
secundaria las cosas no son mucho mejores, pues 13.1% señaló que ha sido
hostigado por sus iguales. Como esta situación tiene dos caras, 8.8% de
los niños de primaria y 5.6% de los alumnos de secundaria confesaron
haber incurrido en algún acto de violencia.
El término
bullying (del inglés
bully, que
significa "hostigador" o "matón"), que implica acoso, maltrato físico,
psicológico o emocional así como intimidación, principalmente entre
escolares, surgió "en los países escandinavos; curiosamente aquellos que
identificamos con un alto grado de desarrollo social y económico",
señala la maestra en psicología Milagros Figueroa Campos, investigadora
de Psicología Educativa y Desarrollo, de la FPSI-UNAM. Refiere que fue
al investigar las causas del suicidio de un chico en Suecia que se
descubrió que éste había sido víctima de agresión sistemática durante
largo tiempo por parte de sus compañeros. A raíz de esa trágica
situación, comenzó el interés por estudiar este fenómeno.
Así, explica la maestra Figueroa, quien ejerce esta forma de acoso
"es alguien que tiene mayor poder", físico o psicológico, "con
características de autoritarismo, violencia aprendida desde la familia o
el entorno, que se impone como un líder negativo", hostigando a otros
compañeros, y a menudo incitando a los demás para que hagan lo mismo.
Señala que existen diferencias de género. Entre los varones, los actos
de acoso y maltrato pueden ir de las burlas y las amenazas al robo o la
agresión física; mientras que entre mujeres se valen de rumores, chismes
y exclusión. "Aunque ahora ya hay también golpes entre las chicas.
¿Podemos verlo como natural?", dice Milagros Figueroa.
Esta conducta puede durar largo tiempo, y la víctima no sale
fácilmente de este círculo. De hecho, agrega Figueroa, las víctimas
también tienen cierto perfil psicológico: son chicos generalmente
aislados, tímidos; a lo mejor tienen alguna característica que los hace
diferentes. "Y se sienten intimidados por las amenazas, lo que los
paraliza y bloquea". Añade que algunos estudios muestran que, conforme
van creciendo en la adolescencia, disminuye esta conducta, "de manera
que, en preparatoria, ya no encontramos el bullying físico, aunque sí
podemos encontrar el psicológico". Y señala que "actualmente existe otra
forma de hostigamiento, el
cyberbullying, o acoso cibernético,
que también tiene sus variaciones". Por ejemplo, describe que en
Inglaterra distinguen algo que se llama el
happy-slapping, que
consiste en enviar mensajes de correos electrónicos anónimos o con
pseudónimo a una víctima, o bien, mandar mensajes ofensivos, agresivos,
injurias o amenazas a través del celular. O golpear a un compañero
mientras otro lo filma con el celular para subirlo a Internet. O robarse
las identidades en Facebook y poner cosas en su nombre...
Milagros Figueroa señala que resulta difícil especificar las causas
de estos comportamientos. Precisa que algunas teorías psicológicas
indican que un hostigador es una persona que nació y ha crecido en un
ambiente violento, donde aprende que cuando quiere algo tiene que
tomarlo o pelear por él. Esta habituación en el ámbito familiar va a ser
internalizada por el individuo, de manera que cuando sale a otros
ambientes y quiere algo, repetirá ese comportamiento.
Esta situación tiene consecuencias graves en las víctimas, que la
familia debe detectar: bajo rendimiento escolar, un estado persistente
de ansiedad generalizada, con cambios físicos o emocionales. "Por
ejemplo, los domingos por la tarde comienzan a sentirse mal, o no pueden
dormir, se vuelven retraídos, o tienen pesadillas", explica. Agrega
que, cuando se trata de maltrato físico, pueden observarse moretones,
marcas, raspones, golpes, que el niño quizá atribuya a otras
circunstancias, como caídas. Pero los papás deben platicar con él, sin
interrogarlo, y estar muy atentos a sus cambios de humor, molestias
físicas, o a un profundo rechazo a la escuela.
La maestra Figueroa refiere que, al margen de que también haya casos
de acoso o maltrato escolar de profesores a alumnos, cuando es entre
compañeros, muchos estudios indican que los maestros son a menudo los
últimos en enterarse, y una vez que lo hacen, carecen de estrategias
para intervenir. "El
bullying no es nada nuevo; probablemente
todos hemos vivido en algún sentido la situación, incluso hay lugares
donde se acepta como algo 'natural'. Pero no debe ser así".
Cartolandia, un programa esperanzador
El laboratorio de la doctora Feggy Ostrosky en la UNAM
reúne a 40 estudiantes de licenciatura y posgrado, dedicados
principalmente al estudio de las bases neurofisiológicas de la
violencia, con el propósito de diseñar estrategias de prevención. Sus
investigaciones sobre el origen multifactorial de la conducta antisocial
la llevaron a proponer un programa para la población infantil de un
barrio del Estado de México, donde la situación socioeconómica es tan
grave, que se conoce por el sobrenombre de "Cartolandia". Un lugar con
un nivel tan alto de marginación corre el riesgo de convertirse en
semillero de violencia; por ello, el equipo de la doctora Ostrosky
planea prevenir la criminalidad desde la infancia. Para generar una
respuesta positiva en los pequeños de tres años, el programa se centra
en modificar y mejorar las habilidades de crianza de sus madres. Así,
ellas aprenden a rechazar la violencia intrafamiliar, a estimular las
capacidades cognitivas de sus hijos y a crear vínculos sanos de apego
con ellos, pues son éstos los que definirán en su vida adulta sus
relaciones con los demás. Como parte del proyecto planean examinar el
cerebro de los niños para conocer y medir el estado de desarrollo de sus
lóbulos frontales, áreas donde se asientan la inteligencia, la facultad
de razonar y el control de las emociones.
La violencia trabaja en tu contra
Una variante adulta del
bullying —si puede llamarse así— es el acoso laboral (
mobbing).
Según lo define la Organización Internacional del Trabajo, es el daño
directo o indirecto que una o varias personas pueden ocasionar a otra,
hablando estrictamente de trabajadores, generalmente con la finalidad de
hacerla sentir menos, o incluso eliminarla del trabajo, forzándola a
renunciar, explica el doctor Jesús Felipe Uribe Prado, investigador de
la Coordinación de Psicología del Trabajo de la FPSI-UNAM.
Agrega que en algunos casos documentados la gente no identifica por
qué es acosada; simplemente vive cierta violencia, e incluso existen
organizaciones en donde esto parece "normal". "Muchos hemos conocido a
algún jefe autoritario que grita, manda, somete, insulta", y no se le
puede cuestionar. "Hay organizaciones en donde el estilo de liderazgo se
ejerce de esta manera y, por tanto, la gente no identifica que se trata
de violencia". No obstante son violencia laboral todo tipo de
comportamientos que intentan disminuir la autoestima y que, sobre todo,
están orientados a la eliminación "voluntaria" del trabajador mediante
acoso, agresión verbal o física, hostigamiento, trabajo excesivo, falta
de respeto a sus derechos laborales fundamentales, como horarios o
tiempo extra, o bien con amenazas constantes de perder el trabajo. Por
lo general todo ello se hace de manera clandestina u oculta.
Acerca de las causas de esta conducta, el especialista indica que
existen varios enfoques, que no siempre coinciden. "Por ejemplo, uno de
ellos se centra en la personalidad de la gente, y plantea que así como
hay personas autoritarias, también existe una personalidad sumisa. Es
una corriente polémica, porque algunos especialistas afirman que aunque
se tenga una personalidad de víctima, nadie tiene derecho a
violentarnos". Sin embargo, otros estudios sugieren que en realidad son
las organizaciones las que fomentan esta situación, porque no le dan
importancia al ser humano como sujeto.
De la misma forma, existen culturas más violentas que otras. En
opinión del doctor Uribe, las sociedades autoritarias, como la mexicana,
suelen ser lugares donde se presentan más situaciones de acoso que no
son identificadas como tales. Con todo, un factor comprobado es la
situación económica, tanto de los trabajadores como de las empresas y
del país, o el contexto, "porque en épocas de crisis, lo importante es
conservar el empleo a como dé lugar".
No obstante, advierte que el problema del acoso laboral es complejo,
porque se da mayoritariamente por cuestiones de poder: de un jefe sobre
sus subordinados, aunque también puede presentarse el acoso de los
subordinados a los jefes. "Por ejemplo, nos imponen a un jefe, y como no
nos gusta, también le podemos hacer la vida de cuadritos. Entonces, así
como hay acoso laboral descendente, también hay ascendente. Y, desde
luego, horizontal", generado por una competencia feroz entre compañeros,
que desafortunadamente muchas veces incluso es premiada.
Como estos comportamientos suelen ser bastante velados, resulta
difícil identificarlos. Pero los principales síntomas en la víctima de
acoso laboral incluyen respuestas psicosomáticas en las que el estrés
desempeña un papel fundamental: dolores de cabeza, intestinales o
musculares y, en consecuencia, deficiencias en el organismo, debilidad y
fatiga, lo que puede tener un impacto en forma de hipertensión y
problemas físicos en general. El psiquiatra James Randolph Hillard, de
la Universidad Estatal de Michigan ha expuesto, a partir de sus
investigaciones, que los daños ocasionados por el acoso laboral pueden
provocar depresión mayor, e incluso paranoia, sin contar con que se ha
reportado su asociación con un mayor riesgo de suicidio.
Al margen de lo anterior, el doctor Uribe especifica que no todos los
problemas laborales significan acoso. Existe una lista con cerca de 15
comportamientos que pueden ser utilizados para el acoso laboral, y van
de la discriminación, el demérito profesional y la violencia verbal o
física, hasta el acoso sexual.
Influencia múltiple
Como se mencionó, sea primaria o secundaria, la violencia es un
fenómeno multifactorial, pues en ella influyen diversos elementos
biológicos y psicológicos, pero también sociales, y puede comenzar desde
la infancia. Por esta razón existe preocupación por la forma en que los
medios electrónicos manejan la violencia, desde la televisión hasta los
videojuegos e Internet. En cuanto a la televisión, el debate lleva ya
40 años sin resolverse, y para algunos especialistas, como el
psicoanalista Enrique Guinsberg, "la televisión es sólo un reflejo de la
violencia social y estructural", que incluye el sistema económico y, en
última instancia, provoca que los individuos asimilen esta conducta
como "un camino necesario". Asimismo, algunos expertos afirman que los
videojuegos incrementan la violencia entre los jóvenes, aunque tampoco
se ha encontrado una relación concluyente. Lo que sí hallaron
investigadores como Lawrence Kutner y Cheryl Olson, de la Universidad de
Harvard, fue que ciertos patrones de videojuegos se asocian más con
problemas conductuales, como el acoso escolar, que con crímenes
violentos.
Maltrato o violencia de pareja
Una fuente semioculta de violencia se produce en el último
lugar donde debería esperarse: en los noviazgos y otras relaciones de
pareja. Quien te quiere jamás debe maltratarte. Las relaciones
saludables implican respeto, confianza y consideración hacia la otra
persona. Quien ejerce violencia física, psicológica o sexual tiene
graves problemas y necesita ayuda profesional.
A continuación encontrarás algunas señales de que puedes
estar manteniendo una relación violenta. Debes estar atento(a) si tu
pareja:
•Te provoca daños físicos • de cualquier forma, desde empujones y sacudidas, hasta cachetadas, patadas o puñetazos.
• Intenta controlar tu vida; por ejemplo, cómo vistes, a quién frecuentas y qué dices.
• Te obliga a un acercamiento sexual que no deseas o que te incomoda. Es
una señal de alarma de que tu relación no se basa en el respeto mutuo.
• Con frecuencia te humilla, o te hace sentir que no vales nada; te desacredita aunque dice que te quiere.
• Te amenaza con hacerte daño si terminas la relación.
• Deforma la realidad para hacerte sentir que eres tú quien tiene la culpa de su comportamiento.
• Te exige que le informes siempre adónde vas.
• Manifiesta celos y se enfada constantemente cuando quieres pasar tiempo con tus amigos.
• Utliza frases como: "Si me quisieras de verdad, harías…", que no son
más que un chantaje emocional de alguien que sólo busca conseguir lo que
desea. Por último, si sientes que algo no está bien, es probable que
así sea.
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Neurotransmisores y hormonas
Empeora la cuestión que, a menudo, los factores sociales provocan un
impacto duradero o permanente en la biología. Por ejemplo, un estudio
realizado por un grupo de científicos encabezado por Terrie Moffitt, de
la Universidad de Wisconsin-Madison, encontró una asociación entre la
violencia, el maltrato infantil y la participación de un gen que regula
la producción de una enzima conocida como monoamino oxidasa A, o MAO-A.
Investigaciones anteriores habían mostrado que una variación de ese gen,
cuya actividad reduce la producción de la enzima MAO-A, generaba un
aumento de la conducta violenta. Esta enzima se encarga de degradar
neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, sustancias que
tienen funciones muy relevantes para nuestras emociones y estados
anímicos: la dopamina participa en el sistema de recompensa cerebral y
su producción genera sentimientos de placer; la serotonina, entre otras
funciones, se involucra en la regulación de las emociones y también
afecta el sistema endocrino, que produce las hormonas, y cuando se
altera puede provocar conductas impulsivas y agresivas.
El estudio, realizado por el equipo de Moffitt en 2002, indicó que
85% de los adultos que presentaban esa forma particular del gen había
desarrollado rasgos antisociales, como la propensión a cometer crímenes
violentos, pero sólo si habían sufrido maltrato grave durante su
infancia. Curiosamente, esta variación parece afectar a los varones de
manera desproporcionada, pues se ubica en el cromosoma X. Los hombres
sólo tienen un cromosoma X, en comparación con las mujeres, que tienen
dos, y por ello están más predispuestos a sufrir los efectos de la
variante mencionada de este gen, ya que son muy bajas las probabilidades
de tener esa variante en ambos cromosomas.
Por otra parte, se han asociado algunas hormonas con las conductas
violentas. Las hormonas son moléculas producidas por las glándulas del
organismo y afectan todos los sistemas, incluido el nervioso, como
sucede con la adrenalina y la noradrenalina, relacionadas con las
conductas de "atacar o huir". Con todo, la hormona más asociada con la
violencia es la testosterona, que es principalmente masculina, pero que
también tienen las mujeres en cierto grado. Algunos estudios han
vinculado un alto nivel de testosterona con temperamentos dominantes,
agresivos y, en ciertos casos, violentos. Sin embargo, en fecha reciente
se ha debatido esta relación, ya que existen evidencias que sugieren
que la testosterona puede ser tanto causa como resultado de la
violencia; es decir, no se sabe si la testosterona produce la violencia,
o si el aumento de testosterona en un individuo es, más bien, un efecto
del entorno violento de esa persona.
Círculo vicioso
Como podemos advertir, los factores que promueven la violencia están
tan entrelazados, que resulta muy difícil disociarlos. A veces esta
relación es muy clara, como sucede al observar las consecuencias físicas
del maltrato, o de algunos accidentes que han dañado, por ejemplo, la
corteza prefrontal del cerebro, una región directamente relacionada con
la regulación de emociones y la inhibición de conductas inapropiadas,
que es esencial para nuestro comportamiento social.
La ciencia ha descubierto que el maltrato, el abuso y toda la
violencia que no deja "huellas" visibles, provocan cambios, no solamente
psicológicos, sino también a nivel fisiológico, e incluso epigenético;
esto es, en la forma como se expresan nuestros genes (ver ¿Cómo ves? No.
133). Así, durante los últimos 10 años se han acumulado evidencias de
que los individuos que fueron maltratados en su infancia son menos sanos
en la edad adulta, pues no sólo pueden padecer enfermedades mentales,
también obesidad, afecciones cardiacas y trastornos inmunológicos.
En una investigación del neurocientífico Michael Meaney y sus colegas
de la Universidad McGill, en Montreal, se encontraron evidencias que
apoyan la idea de que la influencia epigenética es un importante
mecanismo mediante el cual el ambiente provoca un cambio conductual de
largo plazo. El equipo de Meaney extrajo ADN del hipocampo de 12 hombres
adultos que habían sufrido abuso infantil y que, finalmente, se
suicidaron. Encontraron que ese ADN presentaba cambios epigenéticos que
provocaron que esos hombres fueran menos capaces de modificar su
respuesta al estrés cotidiano.
Además con frecuencia algunos de estos daños crean un círculo
vicioso, en el que quien primero fue víctima más tarde puede convertirse
en agresor. Investigaciones de Martín Teicher, profesor de psiquiatría
de la Universidad de Harvard, han indicado que cuando un niño sufre
abuso o maltrato severo, la cascada de eventos neurobiológicos y
hormonales que le produce el estrés sufrido alteran la estructura
neuronal de su cerebro en desarrollo.
Otra vía de reproducir la violencia, aun sin que exista maltrato
infantil, es permitir o disculpar esta conducta agresiva en la familia y
el medio. Desafortunadamente, existen familias que no sólo no castigan,
sino alientan conductas negativas como el acoso escolar, sin pensar en
las consecuencias, señala la psicóloga Milagros Figueroa. Y son
principalmente los padres quienes tienen la responsabilidad de
establecer límites y discutir con sus hijos sobre valores éticos.
Refiere que hay medios para contrarrestar conductas violentas en la
infancia; el primero es descartar algún trastorno en el desarrollo, pues
la violencia en etapas tempranas algunas veces es síntoma de otros
problemas.
Asimismo, subraya que no funciona intentar combatir violencia con
violencia, porque "lo único que se logra es escalar esta violencia y
aceptarla como algo natural y hasta positivo". Es mejor trabajar con una
cultura de "cero tolerancia", entendida como no tolerar la violencia de
ninguna forma y en ningún grado. Actuar en cuanto se detecta un
problema de este tipo. Muchos investigadores afirman que si vivimos en
un mundo donde la violencia es la cultura, debemos empezar a trabajar en
una cultura de la convivencia; por ejemplo, aprovechando las redes
sociales, que así como sirven para acosar, también nos pueden servir
para promover una cultura del respeto y aceptación de las diferencias.
Igualmente, la violencia puede prevenirse en las escuelas con apoyo de
los planes de estudio y favoreciendo un clima de cortesía sin promover
la competencia negativa, sino la positiva, para ser todos mejores, pero
no a costa de los demás.
Sobre todo, insiste Figueroa: "Hay que hablar con los niños,
establecer acuerdos y, cuando la situación es muy difícil, acudir a una
terapia psicológica. Que aprendan, reflexionen y trabajen sus
habilidades sociales". No podemos aislar a las personas, "sino más bien
enseñarlas, reeducarlas, para que puedan insertarse de nuevo en su grupo
de iguales", afirma Milagros Figueroa.
Más información
- Ostrosky, Feggy, Mentes asesinas. La violencia en tu cerebro, Quo, México, 2008.
- Hirigoyen, Marie-France, El acoso moral: el maltrato psicológico en la vida cotidiana, Ed. Paidós, Barcelona, 1999.
- Hirigoyen, Marie-France, El acoso moral en el trabajo: distinguir lo verdadero de lo falso, Ed. Paidós, Barcelona, 2001.
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¿Animales morales?
De lo anterior podemos concluir que el debate inicial sobre nuestra
"bondad" o "maldad" inherente sólo se resuelve tomando en cuenta tanto
factores biológicos como la influencia del medio, lo que permite que el
problema de la violencia pueda corregirse desde varios frentes. Además,
la evolución también ha seleccionado características que atenúan la
agresión desbocada.
En investigaciones antropológicas, sociológicas y biológicas se ha
encontrado que existen en nosotros muchos mecanismos que nos llevan,
como especie, a preferir la cooperación sobre la competencia, a resolver
pacíficamente los conflictos y a canalizar el impulso de agresión. Dos
de ellos son la hormona oxitocina y las neuronas espejo. La primera es
una molécula que se produce en forma natural dentro del área
hipotalámica del cerebro y regula varios procesos físicos y
psicológicos. En los mamíferos, induce el parto y la lactancia, por lo
que tiene una función esencial en el vínculo materno, pero también
influye en las emociones, suspendiendo la desconfianza natural de los
individuos. En lo que toca a las neuronas "espejo", éstas se activan
cuando una persona realiza un acto intencional, pero igualmente cuando
observa que alguien más efectúa la misma acción. Los investigadores
suponen que estas neuronas nos ayudan a predecir las emociones e
intenciones de los demás, promoviendo la empatía.
Además, la ciencia también ha encontrado que los humanos podemos
tener respuestas "morales" incluso desde los primeros meses de vida.
Así, la doctora Feggy Ostrosky refiere que, a partir de la investigación
realizada durante los últimos 20 años para comprender cómo manejamos
los conceptos del bien y del mal, han surgido resultados experimentales
que muestran que tanto las características físicas del cerebro como los
estímulos afectivos experimentados durante la infancia, influyen en el
pensamiento, las emociones y los conceptos de "moralidad". De igual
forma, estudios realizados por Paul Bloom, profesor de ciencias
cognitivas de la Universidad de Yale, lo han llevado a pensar que los
bebés ya poseen fundamentos morales, pues tienen capacidad y voluntad de
juzgar las acciones de otros, respondiendo de manera instintiva frente a
actos de altruismo o de maldad. En su opinión, igual que la violencia,
también la moral es una síntesis de lo biológico y lo cultural; de lo
innato, lo descubierto y lo inventado.
Verónica Guerrero, periodista y divulgadora de la
ciencia, colabora en ¿Cómo ves? y otras áreas de la Dirección General de
Divulgación de la Ciencia, y como corresponsal ocasional para la
revista Nature Biotechnology.
Fuente, vìa :
http://www.comoves.unam.mx/articulo_143_01.html