A diferencia de los viejos terratenientes, los empresarios de
profesión, aunque compiten con frecuencia, no suelen ganar las primeras
magistraturas por la vía electoral. Los pocos resultados exitosos los
han obtenido en países que, como México, Guatemala, Bolivia, Panamá y
Chile (primero con Frei Jr. y recientemente con Piñera), no se
caracterizan precisamente por un alto desarrollo político-institucional o
una larga y continua tradición democrático-representativa. Y viceversa.
En los Estados liberal-representativos más consolidados, brillan por su
ausencia. Dejando de lado a Italia, en ningún país de Europa Occidental
se ha ungido a algún empresario de profesión como presidente o jefe de
gobierno. Y aparte de Hoover o Bush Jr., en Estados Unidos, que en estas
materias cuenta con un sistema político algo más bananero que los
europeos, los empresarios tampoco han logrado mucho éxito electoral. Si
no me cree, recuerde usted, amable lector/a, cómo le fue a Ross Perot en
la elección de 1992.
¿Exactamente qué explica que a un
empresario le sea tan difícil llegar a la presidencia o jefatura de
gobierno a pesar de contar con los suficientes recursos económicos,
sociales y mediáticos para campañas electorales altamente competitivas?
Son muchos los factores, y los más significativos y determinantes, sin
duda de alcance local. Pero hay al menos dos razones generales que
probablemente aplican a la mayor parte de las circunstancias. La primera
razón es algo compleja: si el empresariado desarrolla inclinación hacia
la política (es decir, si desarrolla consciencia de actor y un proyecto
sociopolítico acorde con ella), entonces, por regla general, cuenta ya
con un ordenamiento económico y político favorable a sus intereses. No
necesita hacerse cargo de la ingrata y desgastante tarea de gobernar
para protegerlos. Sólo tiene que aplicar la receta merovingia de delegar
las responsabilidades de Estado. Y para hacerse cargo de ellas, las
sociedades modernas han creado la profesión del político y las
sociedades arcaicas la del militar.
Ambos comprenden mejor las
complejidades de la competencia (en el caso de los políticos) o lucha
(en el caso de los militares) por el poder político. En las urnas, por
tanto, los
empresarios-que-se-lanzan-a-la-contienda-electoral-por-no-haber-terminado-de-comprender-que-sus-intereses-están-mejor-resguarados-si-gobiernan-otros-en-su-beneficio
suelen ser derrotados fácilmente por los políticos profesionales.
Además, dadas ciertas circunstancias, la de los empresarios fuera de las
primeras magistraturas puede llegar a ser una condición de subsistencia
del ordenamiento sociopolítico y socioeconómico: que controlen y
concentren riqueza es algo que los sistemas contemporáneos de
legitimación todavía pueden justificar; pero que además controlen
abiertamente el Estado y sus órganos puede terminar haciendo que la
desigualdad se haga impúdica y, por esta vía, no legítima.
La
segunda razón es más sencilla. Los empresarios registran un dudoso
récord en el maquillaje de eso que Jeremy Bentham llamaba “intereses
siniestros”: intereses particulares de los gobernantes o de cualquier
grupo minoritario de la sociedad que se quieren imponer a las mayorías.
Un político profesional suele ser perfectamente capaz de presentar el
beneficio para particulares intereses empresariales como un avance para
una comunidad en su conjunto. Y viceversa. También suele ser capaz de
hacer parecer el daño o perjuicio a un interés empresarial particular
como un daño o perjuicio para toda la comunidad. ¿Recuerda usted la
reacción de Pérez Yoma cuando los tribunales ordenaron la suspensión del
proyecto Campiche? Aunque suene inverosímil, dijo que lo que más le
preocupaba era el empleo. Y no es chiste. Brillante eso de hacer pasar
la pérdida de millones de dólares de un minoritario grupo empresarial
como una pérdida en empleos (y comparativamente ínfima) para toda una
comunidad, ¿no le parece? Cualquier parecido a un chantaje barato… ¡¡¡es
mera coincidencia!!!
Los empresarios, por su parte, a diferencia
de los políticos profesionales, no sólo carecen, en la mayoría de los
casos, de la necesaria habilidad política y discursiva para el
maquillaje de intereses siniestros. Lo que es peor: tampoco suelen
sentir la obligación de presentar los intereses particulares como
intereses generales. Por convicción ideológica, para la mayor parte de
ellos es perfectamente legítimo que “los individuos” busquen la
satisfacción de sus intereses particulares, dentro o fuera de la
política. Así, la administración del Estado, en emprendedoras manos
empresariales, también se convierte en empresa para la satisfacción de
emprendedores intereses particulares. Los gobiernos de empresarios
tienen la costumbre de hacer descaradamente borrosa la ficticia línea
que toda sociedad crea para separar lo particular de lo público y
general. Y eso no sólo redunda en un sospechoso uso del aparato y los
recursos del Estado en beneficio propio, lo que suele traducirse en un
también sospechoso incremento del patrimonio personal del
empresario-gobernante y sus-empresarios-colaboradores-cercanos. También
redunda en lo que en
lenguaje-maniqueo-y-simplón-de-cientista-político-chileno-estudiado-en-universidad-norteamericana
suele llamarse “malos gobiernos”. ¿No me cree? Pues entonces le invito a
revisar un top 5 de emblemáticos gobiernos de empresarios:
5.
Vicente Fox . Este campechano empresario del calzado y
ex-presidente regional de Coca Cola, profundo conocedor de la obra de un
tal José Luis Borges (¿?), fue el presidente de la transición mexicana
desde el régimen del PRI hacia un sistema político abierto, competitivo y
transparente (¿?). Su luna de miel con el electorado, por eso mismo,
duró mucho más que lo acostumbrado. Y, también por eso mismo, sus
“excentricidades” políticas (como eso de decirle a Fidel Castro “comes y
te vas” cuando fungía de anfitrión en una cumbre) fueron tratadas con
una indulgencia inusitada para alguien que comandó un gobierno
apabullado por escándalos de corrupción y abuso de poder (AFI,
Construcciones Práctica, Empresa Kilate). Su ingreso anual al
convertirse en presidente era de aproximadamente $us 200.000. Al
terminar su gobierno ascendía a $us 500.000. Y eso sin mencionar su
patrimonio. Quizás (sólo quizás) por ello enfrenta en la actualidad un
sendo proceso judicial por enriquecimiento ilícito durante su
presidencia.
4. Arnoldo Alemán . Otro caso peculiar de la
fauna empresarial y política latinoamericana. Fue presidente de
Guatemala entre 1997 y 2002. El rubro agropecuario fue generosamente
beneficiado con las políticas de su gobierno. ¿Qué tiene de raro esto?
Aparte de ser el rubro en el que Alemán tenía invertido su capital, nada
del otro mundo. La neoconservadora Transparency International lo ha
calificado como uno de los gobernantes más corruptos de las últimas dos
décadas. Y no por nada. Su declaración patrimonial al convertirse en
alcalde de Managua (momento de inicio de su carrera política) era de $us
2.000. Al terminar su gestión presidencial, ascendía a la no
despreciable suma de $us 20 millones.
3. Silvio Berlusconi .
No hay mucho que decir que no se sepa ya de este amigo íntimo de las
partusas. Dueño del Milan FC, de una inmensa red de medios de
comunicación europeos y otras múltiples empresas, desempeña hoy su
tercera gestión como Primer Ministro. Todas ellas han estado bañadas de
acusaciones de corrupción a la justicia, vinculación con la mafia y
abuso de poder. Siendo Primer Ministro se ha convertido en uno de los
100 hombres más ricos del mundo según la famosa Revista Fortune.
2.
Gonzalo Sánchez de Lozada . Empresario minero que fue presidente de
Bolivia en dos períodos (1993 – 1997 y 2002 – 2003). Cuando, en su
segundo gobierno, quiso exportar el gas natural boliviano a través de un
puerto chileno, fue derrocado por una bullada y bien organizada
revuelta popular. En su primer gobierno puso en marcha un peculiar
proceso de privatización llamado “capitalización”, que vendió a precio
de huevo y en condiciones contractuales totalmente lesivas para los
intereses bolivianos la mitad de la propiedad de las empresas
estratégicas del Estado. La represión a la resistencia popular generada
por ambas medidas (privatización y exportación de gas a través de un
puerto chileno) tuvo un saldo de aproximadamente 100 muertos. Heinz
Dietrich estima su patrimonio en $us 220 millones al momento de huir de
Bolivia en octubre de 2003.¡¡¡Y eso que el salario de los presidentes
bolivianos no alcanzaba entonces ni a $us 3.000 mensuales!!!
1.
George W. Bush . Este empresario texano del petróleo y de equipos
de baseball es un tremendo ejemplo de virtuosismo cívico. No sólo su
presidencia se pasó por donde mejor pudo los derechos civiles y
políticos de sus ciudadanos/as con la excusa del combate al terrorismo,
sino que, con cargo al presupuesto fiscal norteamericano (esto es, con las
lucas de cada uno/a de sus contribuyentes),
inició una invasión bélica a cierto Estado rico en recursos petroleros
que hoy son administrados por empresas norteamericanas. No contento con
eso, usó las mismas lucas de sus contribuyentes para comprar armas a y
firmar contratos de servicios en Irak con las empresas vinculadas a su
vicepresidente (Cheney) y su Secretario de Defensa (Rumsfeld). Fue, como
se ve, un generoso presidente que no se guardó para sí los beneficios
económicos del ejercicio de la presidencia, sino que los compartió con
sus colaboradores y amigos cercanos. Fuera del incremento de su
patrimonio, el indicador de su gobierno que más llama la atención es el
costo en vidas de ese enriquecimiento: hasta el momento, más de
1.365.000 de seres humanos según Just Foreign Policy. Este
empresario-presidente fue capaz de incurrir en el generoso sacrificio de
cargar con la cruz de convertirse en el principal genocida del siglo
XXI con tal de aumentar (también generosamente) el patrimonio de sus
amigos del empresariado petrolero y bélico norteamericano. ¡¡¡Flor de
presidente!!!
¿Será que en cuatro años más engrosamos esta infame
lista con un representante chileno?
fuente, vìa:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=105481
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