46 campesinos organizados del Bajo Aguán, en Colón, Honduras han sido asesinados desde el golpe de estado por recuperar tierras que les pertenecían
Responsabilizan de los asesinatos a sicarios a sueldo del principal terrateniente y empresario hondureño, Miguel Facussé
Los homicidios se producen en total impunidad bajo el gobierno de Porfirio Lobo, en el que se han multiplicado las violaciones a los derechos humanos

Una de las fincas de palma africana que ya ostentan legalmente los
campesinos del Aguán (Cris Thomas)

Guadalupe
Carney fue fundada por 700 familias de campesinos sin tierra sobre lo
que fue en los '80 un campo militar donde se entrenaba a la contra
nicaragüense. Ahora sus tierras ya están reconocidas por el gobierno.
Chris Thomas
“Lo asesinaron sin piedad como ya han asesinado a muchos otros compañeros. Están tratando de presionarnos para que aceptemos firmar un acuerdo con el Gobierno que nos asfixiará económicamente para así volver a quitarnos la tierra. La gente vive aterrorizada y de nada ha servido militarizar la región, porque los asesinos siguen al acecho y ninguno de los delitos cometidos ha sido esclarecido, ni los responsables fueron castigados”, declaró Vitalino Álvarez, el portavoz del Movimiento Unificado Campesino de la Aguán -una de las cuatro organizaciones campesinas de la zona- a la Secretaría Internacional de Trabajadores de la Alimentación, Sirel.
La masacre de El Tumbador
La violencia de los terratenientes no tiene límites. Los campesinos lo saben bien desde el lunes 15 de noviembre de 2010. Aquella madrugada fue la última que Guadalupe Gallardo se levantó a hacerle el desayuno a su marido. Con su machete colgado a la cintura y sus tortillas y fríjoles bien guardados, Raúl Castillo se fue a las cinco de la mañana con un grupo de hombres de su comunidad como jornaleros a cosechar la fruta de la palma africana de la finca El Tumbador, una finca de 450 hectáreas que según los labradores les pertenece. Después de dos meses de estar allí día y noche, Facussé les había dicho finalmente que estaba bien, que siguieran ahí y que ya verían como se arreglarían. Desmontaron las chabolas que habían levantado para quedarse en la tierra y se regresaron a la comunidad. Pero había que ir a trabajar la tierra. Y ese lunes, eran apenas las seis de la mañana cuando cerca de 200 guardias de Facussé cercaron las camionetas en la que viajaban los campesinos y empezaron a dispararles. Los labradores, colgados de la caja de la camioneta huyeron como pudieron. Los machetes, que usan para trabajar, no repelen las balas. El tiroteo y la persecución duró tres horas. El último de los cadáveres se encontró a un kilómetro y medio del lugar.
“Era como una guerra, disparaban con armas de alto calibre que solo tiene el Ejército. La policía está confabulada con Facussé. Con sus armas nos dicen que ellos son los que mandan”, cuenta Rubén Ortiz Pineda, uno de los supervivientes. Otro, Francisco Ramírez, perdió la sonrisa ese día. Cuando recibió el balazo impulsivamente volteó la cara hacia la izquierda y el proyectil salió dejándole un hoyo arriba de la comisura izquierda del labio. Pensó que iba a morir pero cuando se dio cuenta de que no, corrió a refugiarse. Uno de sus compañeros le recogió en la camioneta junto a otro herido en la pierna. Estuvo cuatro meses hospitalizado, pero ahora ya puede volver a sonreír junto a su esposa y su hija, de 12 años. Guadalupe Gallardo, en cambio, no puede evitar las lágrimas al recordar la masacre que le arrebató a su marido. Junto al cuerpo de Raúl, arrojado en la carretera con varios disparos de bala, le colocaron un fusil de asalto AK-47. La foto con cuatro cadáveres de campesinos fuertemente armados dio la vuelta al país. Algunos medios de comunicación, afines a los terratenientes, dijeron que los campesinos del Aguán eran guerrilleros, financiados por Venezuela y las FARC. No se hizo ninguna investigación. A día de hoy sus familias aún esperan justicia.
“¿De dónde salieron esas armas? Ellos no andaban armas, solo el machete”, espeta María Concepción Membreño, viuda de Teodoro Acosta. “Los mismos guardias se las pusieron luego de matarlos para sacarles la foto armados y para que el pueblo entero dijera que los campesinos tienen armas”, continua Guadalupe Gallardo.

Gallardo se emociona al recordar a su marido, Raúl Castillo, asesinado por los guardias de Miguel Facussé hace 16 meses. M.S.
A la rabia y el dolor de estas mujeres se suman las dificultades económicas que padecen. Guadalupe Gallardo sale a trabajar ahora a las 4.30 de la madrugada a una cooperativa de fruta de palma. Cada día camina más de cinco kilómetros entre el palmeral juntando las frutas que cayeron al suelo al cortar el racimo. Las recoge en sacos de hasta 50 kilos por los que le pagan 25 lempiras, menos de un euro. Si no hay mucha cosecha en un mes puede ganar unas 1000 lempiras, unos 40 euros. Si le va bien puede llegar a noventa euros que apenas le alcanzan para ella y su hijo de ocho años. Más difícil es la situación de Concepción Membreño. Su hijo menor tenía 10 días aquel fatídico 15 de noviembre. Tiene otros siete, el más grande de 16 años. Al principio, solo de los nervios no podía hacerse cargo de ellos. Ahora pasa fuertes penurias económicas. “Hay días que hacemos una comida fuerte, otros dos”, relata con un hilito de voz que desafía a las lágrimas.
Y su tragedia solo es una muestra de la que viven cerca de 6.500 familias. Periódicamente hay asesinatos particulares, atropellamientos, hostigamientos, amenazas, encarcelamientos. Ante las denuncias de los campesinos, el gobierno decidió militarizar la zona, en la operación conocida como Xatruch, que ya va por su tercera fase. Así los retenes militares se multiplican por la carretera y los accesos a las tierras. En Guadalupe Carney un batallón militar mantiene un campamento desde hace más de un año. Sin embargo, hace unos meses mataron a un campesino en la misma comunidad. A la vez la Fiscalía ha extendido órdenes de captura contra 90 campesinos por ocupación de tierras y otros delitos. Uno de ellos está preso desde hace cuatro años, José Isabel Morales, de la Guadalupe Carney. “Yo le pido al Estado que me devuelva a mi hijo, que está procesado inocentemente. Lo acusan de violador, ladrón y de incendiar unas tierras. Hace cuatro años que está preso y ni siquiera le dictan sentencia”, explica Ramona López. A Morales, junto a otros 31 comuneros de la Guadalupe Carney, como Francisco Ramírez, les acusaron falsamente de haber robado un camión de fruta de un terrateniente en una de las cosechas de fruta de sus tierras, ya legalizadas bajo el gobierno de Zelaya.

Guadalupe
Gallardo muestra una de los racimos de palma africana que
tiene en el
patio de su casa. Al no tener una plantación vende el racimo
a menos de
dos euros. M.S.
Aún así, los campesinos del Aguán siguen en conversaciones con el gobierno. “Condenamos la inseguridad en que estamos viviendo y el desinterés del Estado en dar una respuesta a esta problemática. Nos asesinan para tratar de amedrentarnos y ablandarnos. Lo han hecho hace poco con el compañero Matías Valle y ahora con ‘Adonis’ López”, asevera Vitalino Álvarez. En 2010 el gobierno de Porfirio Lobo acordó otorgar once mil hectáreas de tierra para una población de 6.500 familias campesinas. Finalmente solo se otorgaron a los campesinos 3000 hectáreas a pagar cada una a 135.000 lempiras (unos 7.000 dólares) a un interés del 14% a quince años. Desde entonces se han sucedido las mesas de diálogo sin mucho éxito. Mientras a los campesinos se les otorgaría menos de dos hectáreas de palma por familia, Miguel Facussé ostenta 17.000 hectáreas.
“Los movimientos campesinos se sientan con el Gobierno porque su estrategia ha sido mantener un proceso de negociación permanente. Sin embargo, los diferentes acuerdos firmados en estos tres años no resuelven el problema. Estamos bajo la tercera militarización. Lo que nos espera aquí es una arremetida de los terratenientes utilizando el Ejército, la Policía y sus propios paramilitares contra el Ejército” explica Wilfredo Paz, del Observatorio Permanente de Derechos Humanos del Aguán. Este defensor de Derechos Humanos ha recibido amenazas de muerte directas en su teléfono, le han intentado atropellar, le han detenido, igual que a otros campesinos. El acecho diario mina el ánimo. “Antes de que mataran a mi marido yo no sentía miedo, ningún temor. Ahora sí, tengo miedo cuando salgo de la comunidad. Me da miedo por mi hijo, cuando va la escuela o cuando va a casa de su abuela al otro lado de la carretera. Los coches de los guardias han atropellado niños”, cuenta Guadalupe aunque asegura que no dejaría el Aguán. “Queremos nuestras tierras libres para trabajar tranquilos. Estamos como en medio del enemigo. Quiero que mi hijo cuando crezca tenga donde trabajar tranquilo. Yo voy a seguir luchando por lo que mi marido le tenía amor”, concluye.

Francisco Ramírez es uno de los fundadores de la Guadalupe Carney y fue uno de los heridos en la masacre de El Tumbador. M.S.
La palma en tu despensa
La fruta de la palma africana es una suerte de dátil más redondeado del que se saca el aceite de palma, el segundo aceite más consumido en el mundo. Tal vez no lo tengas en la despensa como tal, pero está en muchos productos derivados, desde margarinas y la bollería que merendamos hasta la pasta de dientes o el jabón que usamos, pasando por velas, pinturas, detergente o crema de zapatos. Su uso se ha extendido por su bajo precio, pero no es una grasa muy saludable. Casi la mitad de los ácidos grasos del aceite de coco y de palma son saturados. Un consumo continuado puede aumentar el colesterol y, a largo plazo, contribuir a la aparición de enfermedades como la arterioesclerosis. Por otro lado, como también puede servir para biocombustibles ha aumentado la demanda y el cultivo de la palma africana se está extendiendo por los países tropicales, aunque sea a costa de deforestar los bosques y las selvas originarias.

Un racimo de fruta de palma africana. De cada nuez se saca el aceite de palma y el de palmiste. M. S.


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